miércoles, 25 de marzo de 2009
La última semana me encontré con un profe de primaria en la combi donde viajábamos. Sus canas me distrajeron, pero su rostro me atrapó y me recordó, sacudiéndome en el tiempo, que aquel era el profe de matemática que nos martirizaba de niños, hasta el punto de regalarnos pesadillas gracias a la vocación inconciente de satanizar los ejercicios de geometría.Esta última semana, cruce mis pasos con los de una ex enamorada. Ella lucía guapísima, desprendida de la inocencia que me cautivó de adolescente. Incluso me contó que se había separado del papá de su hijo que tiene la misma edad que la nuestra cuando nos conocimos.
Esta semana mi hijo Manu me pidió un play station, regalo que espera recibir cuando cumpla seis años en agosto. Y mi hija, la bella Luna, no protestó por obsequios, pero acaba de cumplir diez meses. Con Luciana, mi esposa, celebramos su cumpleaños esta última semana. Ella si pidió regalo, y por eso luego de la pichanga de los viernes fuimos a chelear con Chicho, la china Pao, el pelao Lecca y el gran Chipinopo, amigos que coseché en los últimos ocho años.
Esta última semana, también, chequé el partido de la final entre el Niupi y el Franco Canadiense. Era increíble ver nuevamente -después de quince años- a Oliver Atto, Tom Misaki, Benji Price, el tonto chonguero de Bruce, Ralph, Richard Text y Steve Hyuga. Era genial ver cómo Oliver daba chance de ir a almorzar y regresar, ducharse, oír un sermón del Papa Benedicto XVI, y no hacer aún el famosísimo Tiro con Efecto. O en el caso de Hyuga, lanzar el Tiro del Tigre. Y recordar en un segundo un vida de miles de años.
Alex es mi amigo de barrio, y también en esta última semana me contó mientras cheleamos con Jayme que lleva ocho años de enamorado con Ruth, y que en abril planean casarse porque superaron con creces la barrera de la convivencia. Me alegra por el cabezón, y también por su futura esposa, quien además es mi amiga. Lo recuerdo de chibolo cuando nos conocimos durante las charlas de confirmación en la parroquia de Pomalca, y es que apenas cursaba el cuarto de secundaria.
Hoy por la mañana, al verme reflejado en el espejo, noté que mi cabello está creciendo y hace sólo dos meses visité la peluquería de Miluska (un gay amigo mío). Noté además que olvidé afeitarme la barba, vi que mi cuello dejó de serlo para dar espacio a una espantosa papada, y mis ojeras lucían radiantes. Al menos lo último no sucedía cuando estaba en el cole o la universidad.
Lo que trato de decir en estos primeros párrafos es que el tiempo tiene la insana costumbre de correr desenfadadamente, casi como maratonista irresponsable (mismo Forrest Gump). Pero que pocas veces advertimos que ya no somos los alumnos -peinaditos y uniformados- que atendían una adormecedora clase de matemática, o el novio calzonudo y pajero de la chica guapa del barrio, o que ya dejaste de ser enamorado, y te convertiste en padre y esposo.
Algunos suelen planear su vida, haciendo incluso un cuadro pormenorizado de lo que harán en los próximos diez años. Yo lo hice, pero no se dio como lo calculé. Y no me arrepiento, porque aprendí que la vida no te regala alegrías solamente porque sumas y restas tu vida a la perfección. A veces es mejor romper el molde y multiplicar ratos pintados de colores, como los que pierde Manu, y Luna mordisquea (alucinando que es su mamila).
Los años seguirán corriendo. Difícilmente vuelva a encontrar al profe de matemática, quizá la ex enamorada se vuelva a casar, es posible que el hijo de Manu lo joda con algo parecido al play station cuando mi nieto (asu, mi nieto) tenga seis años. Oliver, el de supercampeones, no envejecerá pero sospecho que habrá una versión mejorada del manga. En fin, insisto, los años correrán. Encontrémosle sentido a lo que hacemos para que los años que corren delante de nosotros no se burlen al llegar a la meta…
miércoles, 18 de marzo de 2009
Desde que pisé por primera vez el jardín de la infancia, cuando apenas tenía cuatro años, supe que tendría dificultades para socializarme. No era una premonición, era algo real, casi podía palparlo. La razón por la que desembarqué en esta sospecha era el roche. Temía decir o hacer algo que entendía podría resultarle cómico a otros y convertirme en el tonto útil de aquellos que buscaban a un bufón voluntario.Para entonces, prefería quedarme en casa a ver dibujos animados (Los Pitufos, Transformers, Thundercats) por la tele, antes que madrugar para ir tirado de la mano y somnoliento a una clase donde me darían las primeras armas para sobrevivir en este mundo. Hoy me recuerdo de niño, peinado como tonto, vistiendo un mandil celeste a cuadros, y con una lonchera que escondía la clásica gelatina y la no menos popular galleta de soda. Quizá por eso es que inconcientemente me sentía como un potencial bobo.
Solía quedarme callado antes de intervenir en clase. Prefería no ofrecerme como voluntario para ninguno de los ejercicios porque intuía que otros podían hacerlo mejor, o simplemente podían hacerlo, y yo no. Cuando respondía entre dudas, lo hacía obligado porque la profesora Mariela (en mi época aún no llamábamos miss a las profes) me señalaba, como invitándome a romper el silencio que abrazaba como almohada. Y cuando estaba de mal humor, me amenazaba, apuntándome con el arma de la desaprobación.
Los únicos ratos en los que no me sentía presionado era en el recreo. Era mi paraíso. Ahí podía ser yo, no temerle a nada. Todos, en ese rato de ocio, éramos cien por ciento niños, y no dedicados alumnos, obligados a no perder la concentración para hacer una figura geométrica, pintar algún dibujo, o escribir los números del uno al diez.
En la primaria me aterraba la idea de lanzarme (entiéndase por cortejar, afanar) a una chica. Tanto así que me inventé hasta tres novias, las que nunca se enteraron que estuvimos juntos. Pero fueron ellas, en diferentes grados, las que me ayudaron -sin saberlo- a empezar a matar el roche. Utilizaba mis habilidades en algunos cursos para participar con mayor frecuencia en clase, y así, atraer la atención de las diminutas féminas que me hacían babear. Funcionó como lo planeé.
Lo que todavía no podía superar era la barrera que me impedía invitar a una chica a bailar. Era toda una odisea. Era un ir y venir hacia ella y de ella. Me animaba el verlas guapísimas (con un ropa que ahora ya pasó de moda), y con caritas inocentonas (ahora sé que muchas de ellas son unas dulces diablillas). Ese roche lo enfrenté en una fiesta de tercero de primaria y gracias a los empellones de una profesora, que sujetándome fuerte del brazo me jaloneó para colocarme frente a una compañera, obligándome con una sonrisa amenazante a bailar con ella.
Aunque me hubiese gustado debutar en la pista de baile con una compañera guapa, me agradó la sensación de menearme al ritmo del baile del perrito, pese a que Agripina era mi pareja de turno en el dancing. Luego salté a las chicas lindas, y el roche del bailetón se resolvió, gracias a la iniciativa de la chinchosa de la profesora “cara de huaco”.
En la secundaria tuve que lidiar con las exposiciones, aquel ingrato ejercicio de pararte delante de una clase poblada por jodido compañeros, porque el profesor se aburrió de preparar un tema y nos chantó el chiste de hacerlo. Recuerdo que mi cuerpo temblaba, sudaba, evidenciaba espanto. La cosa empeoraba cuando olvidaba lo que había memorizado en casa para decirlo de paporreta de clase. Recuerdo que olvidé narrar cómo es que Grau perdió en el combate de Angamos y lo hicieron héroe. Recuerdo que quise cubrir ese vacío con una historia de Popeye, pues suponía que todos los marinos hacían lo mismo.
El roche de intimar con una mujer, a diferencia de mis compañeros de clase, no la superé durante el colegio. Tuve que esperar algunos años para hacerlo. Recibí múltiples invitaciones para visitar el burdel que quedaba en la salida sur de la ciudad, pero me rehusaba, hecho cuestionado por los pipilólogos clientes en que se convirtieron mis patas como el chino Delgado, Pacho, Yuri, el Ciego, y otros más.
La fobia generada por la matemática me empujó a decidirme por estudiar en la universidad una carrera ligada a las letras, aquel refugio donde no tienes que batallar con los números. En la academia pre empecé a asesinar el roche de afanar a las chicas, pero no como aficionado tontón, sino con interés de carácter de Estado. Y lo hice, tanto que yo mismo terminé sorprendido, pues en la universidad (sorry chicas) hice gala de lo que había aprendido como autodidacta en el arte de conquistar mujeres.
La universidad me sirvió también para perderle el miedo a exponer. En verdad, ya había empezado en la pre, cuando una profe -rubia, de curvas infartantes y otras cosillas espectaculares e incontables- me pidió -acariciándome el cabello y mirándome fijamente a los ojos- que le contará a mis compañeros quién michi era Dante Alighieri y Giovanni Bocaccio. En una dije: sí profe.
Ahora soy periodista, y miro a todos por igual. No me da roche hablar con el presidente de la República, congresistas, ministros, o con mandatarios de otros países. Y que esto último no suene como que soy un tipo pedante. Lo que trato de decir es que el roche es vulnerable, podemos matarlo si nos lo proponemos. Pero ojo, el roche se pierde cuando estamos preparados para afrontar una situación sin temores… Recordemos chicos, que el roche no es Munra, el roche no es inmortal.
miércoles, 11 de marzo de 2009

Sus ojos preciosos son los culpables que frenara para verla de cerca, aquella primera vez en que nos cruzamos, hace poco más de tres años. Y aunque estas primeras líneas suenen románticas, no necesito remedar frases cursis para caerle en gracia a la peke, la causante que ahora esté escribiendo este post.
Ella es una de las pocas personas que lee este blog. Y yo, no por reciprocidad, leo el suyo (www.dulcepkdo.blogspot.com). Lo leo porque me atraen sus historias hot, esas que pretendo protagonizar con ella, pero que la peke ha sabido esquivar con el zigzagueo fugitivo de un ladrón. Ella es mi ladrona. Me robó el sueño, pero no el deseo de perderme con ella en medio del todo y la nada.
Acordamos en que ambos escribiríamos del otro en nuestro blog. Ella me adelantó y escribió sobre mí. Debo agradecerle no sólo los halagos mentirosos que anotó sobre el periodista que anhelo ser, y sobre la pasión desapasionada que le inyecto a mi trabajo; sino también por el deseo atrapado de escribir una historia hot inspirada en mí. No me rendiré tía.
Cada vez que leía su blog me la imaginaba haciendo todo aquello que describía con una memoria elefantiásica, sin dejar escapar ni un solo detalle de los encuentros furtivos que la enredaban bajo las sábanas. Y me la imaginaba porque no concebía que aquella mujer de apariencia diminuta y de rostro inocente, pudiese hacer todo ello que narraba. Era súper caliente.
Ella por su parte y ante la avalancha de jodas se blindó diciéndome a manera de pretexto que las historias hot eran ajenas, y no suyas. Pero claro, no le creí. Prefería seguir imaginándomela sedienta de placer.
En la universidad, por su don travieso, la bautizaron como la chica pecado. Para mí era un “dulce pecado”, par de palabras que fusionó y que luego llegó a utilizar en la dirección de su blog. Cuando trabajamos juntos en el mismo diario, coloqué -mismo coyote en busca del correcaminos- miles de trampas para atraparla, pero parece que las trampas eran marca Acme, que todas fallaban. Luego la peke se alejó del diario, y eran menos frecuentes las ocasiones en que podía descansar sobre sus ojos bellos.
Al empezar el año la peke viajó a Lima para una pasantía de un diario capitalino, ficho. Ahí ha aprendido algunos otros trucos de cómo hacer periodismo. La envidio. Y también la admiro. Sé que lo ha hecho bien porque la peke es buena, no sólo para escribir historias calentonas en el ciberespacio, sino también para redactar notas periodísticas.
Le pedí que se preparara para luego mecharnos en la cancha de preguntón a preguntona. Le dije que no le daría tregua, aunque sus ojos preciosos me lo pidieran. También le recordé que no declinaré en mi intención de seducirla. Hoy que falta poco para que deje Lima y pegue la vuelta a casa se anima la idea de verla nuevamente. Te espero, llámame…
Ella es una de las pocas personas que lee este blog. Y yo, no por reciprocidad, leo el suyo (www.dulcepkdo.blogspot.com). Lo leo porque me atraen sus historias hot, esas que pretendo protagonizar con ella, pero que la peke ha sabido esquivar con el zigzagueo fugitivo de un ladrón. Ella es mi ladrona. Me robó el sueño, pero no el deseo de perderme con ella en medio del todo y la nada.
Acordamos en que ambos escribiríamos del otro en nuestro blog. Ella me adelantó y escribió sobre mí. Debo agradecerle no sólo los halagos mentirosos que anotó sobre el periodista que anhelo ser, y sobre la pasión desapasionada que le inyecto a mi trabajo; sino también por el deseo atrapado de escribir una historia hot inspirada en mí. No me rendiré tía.
Cada vez que leía su blog me la imaginaba haciendo todo aquello que describía con una memoria elefantiásica, sin dejar escapar ni un solo detalle de los encuentros furtivos que la enredaban bajo las sábanas. Y me la imaginaba porque no concebía que aquella mujer de apariencia diminuta y de rostro inocente, pudiese hacer todo ello que narraba. Era súper caliente.
Ella por su parte y ante la avalancha de jodas se blindó diciéndome a manera de pretexto que las historias hot eran ajenas, y no suyas. Pero claro, no le creí. Prefería seguir imaginándomela sedienta de placer.
En la universidad, por su don travieso, la bautizaron como la chica pecado. Para mí era un “dulce pecado”, par de palabras que fusionó y que luego llegó a utilizar en la dirección de su blog. Cuando trabajamos juntos en el mismo diario, coloqué -mismo coyote en busca del correcaminos- miles de trampas para atraparla, pero parece que las trampas eran marca Acme, que todas fallaban. Luego la peke se alejó del diario, y eran menos frecuentes las ocasiones en que podía descansar sobre sus ojos bellos.
Al empezar el año la peke viajó a Lima para una pasantía de un diario capitalino, ficho. Ahí ha aprendido algunos otros trucos de cómo hacer periodismo. La envidio. Y también la admiro. Sé que lo ha hecho bien porque la peke es buena, no sólo para escribir historias calentonas en el ciberespacio, sino también para redactar notas periodísticas.
Le pedí que se preparara para luego mecharnos en la cancha de preguntón a preguntona. Le dije que no le daría tregua, aunque sus ojos preciosos me lo pidieran. También le recordé que no declinaré en mi intención de seducirla. Hoy que falta poco para que deje Lima y pegue la vuelta a casa se anima la idea de verla nuevamente. Te espero, llámame…
miércoles, 25 de febrero de 2009
Siempre me pregunté cómo es que Benja terminó zambullido en miedos, pese a estar enamorado, irremediablemente templado para ser preciso. El nunca me respondió. Y yo tampoco fui tan directo al lanzarle la pregunta que podía resolver mis dudas sobre por qué en lugar de pasarla de la putamare con nosotros, sus amigos, prefería estar leyendo poemas por internet, o buscando videos de canciones románticas que hicieran más tormentosa su de por si jodida existencia.
Llegué a conocer a Adriana, o bueno, eso creo. Me caía bien. Era una chica guapa, de buen trato, amigable. Tanto así, que al igual que el loco de Benja, supuse que este calzonudo compartiría sus arrugas con ella. Adriana, por su parte, mantenía ciertas reservas, aunque casi siempre asentaba cuando el babosón de mi amigo le consultaba si entre sus planes a futuro él estaba incluido.
Recuerdo que Benja era de los tipos que acostumbraba no enamorarse. Al menos eso solía hacer durante el colegio y la universidad. En todas las relaciones previas a Adriana, el tío sembraba nada para cosechar nada. Mantenía su corazón latiendo, pero inmune al amor. Sin embargo -siempre hay un pero- el chochera se templó, al punto que mandó al carajo la informalidad amorosa, luego de colgar innumerables llamadas telefónicas de chicas que ofrecían un espacio en su cama para no sólo dormir durante las noches frías y calientes.
Entiendo que la belleza poco discutible de quien sería luego su enamorada le hizo perder el juicio a Benja. Pero es jodido comprender que a tu amigo le dibujaron un rostro triste. Bueno, el tío se lo dejó dibujar al terminar la relación con Adriana (nunca la llamaría Adri). Me jode porque Benja hizo de la tristeza, su compañera, y de la soledad, su almohada.
Arjona -el tío guatemalteco que dejó la pelota de básquet por componer canciones y cantarlas- dice en una de sus baladas que “no se acaba el amor sólo con decir adiós, hay que tener presente que el estar ausente no anula el recuerdo, ni compra el olvido, ni nos borra del mapa”. Y tiene razón. Y tal vez Benja oyó en repetidas ocasiones lo que Arjona compuso en una noche inconsolable, donde la melancolía le susurraba algunas de las líneas a escribir; para negarse a olvidar a Adriana.
Es cierto, Benja llegó a pedirle a Adriana que no lo borrara de su vida, que no lo apartara de su corazón. Insistió tanto que no recuerdo las veces que me contó que fue en busca de una reconciliación, y a cambio, recibió un portazo en la cara. No conté, pero sé que son varias las ocasiones en que Benja lloriqueó como niño que tropieza al ir en busca de un balón y golpea sus rodillas.
Benja llegó a devorar baladas por internet. Oía Radio Ritmo o A. Dejó el rock de Studio 92 o Z para ir al mundo romanticón. Recuerdo una canción de Reik en la que los mexicanos decían: “Me duele tanto sospechar que ni tu sombra volverá para brillar mi alma en pedazos”. Y recuerdo también a Benja -después de oír esa balada- dejar escapar un diluvio de lágrimas en el desierto de su corazón.
Hoy me animé a escribir este post, penetrando en la intimidad de Benja (espero no te joda tío), porque me alegró algo que me dijo la última vez que nos encontramos en la pichanga del domingo. Me alegró tanto que le invité un par de chelas para celebrar su triunfo (triunfo en la vida, porque en la pichanga le ganamos a su equipo por una diferencia de tres goles).
Los últimos contactos -por chat o teléfono- entre Adriana y Benjamín, aunque no dejan de ser cordiales en memoria de aquello que los unió en el pasado, ya no son el inicio de una noche borrascosa. Hasta hacía poco menos de un mes, me cuenta Benja, bastaba que chateara con Adriana o que la llamara por teléfono para que ella lo pateara con sus negativas, motivando claro que él se sintiera de pedo. Pero ahora, también me dice Benja (pre chelas), comprendió que es absurdo llorar por alguien que no te ama, y si lo hace, no lo demuestra con evidencias irrefutables, y prefiere guardar silencio, darte la espalda.
Las chelas murieron en media hora, menos tiempo del que le tomó a Benja matar aquel sentimiento que no lo dejaba dormir. Dice que ahora puede chatear o telefonear a Adriana, y eso no le jode. Que puede continuar con su vida sin alterar el orden de la razón, con una estabilidad emocional envidiable.
También escribí este post porque ciertamente sospecho que Adriana (como lo escribí en el primer párrafo) presume que Benja babea ella. Y como el loco me confirmó que no es así, y como él difícilmente se lo diga tan claramente como me lo contó, cometo la infidencia de decírselo mediante este post, que espero algún día lo lea. En la vida habrán otros calzonudos como Benja y una que otra chica como Adriana que -abrazada a la vanidad- creerá que los ex aún comen de su mano. Los hombres también lloran, pero no siempre son pelotudos…
miércoles, 18 de febrero de 2009
No logro entender cómo una persona puede crucificar a un extraño, sin conocer siquiera por qué lo hace. De pronto, se convierte en un juez, y al mismo estilo de la Santa Inquisición, ordena su muerte. No tiene piedad. Es temerosamente fría.Fabiana es amiga de Angela, una ex enamorada de Matías. Hace algunas semanas, Angela y Matías se encontraron. No había mucho de qué hablar, y ambos lo sabían. La relación terminó, y aunque les jode no poder zurcir el trapo maltrecho en que se convirtió lo suyo, les jode más que aún se amen, y estén separados.
Angela y Matías dejaron de verse casi tres meses desde que acordaron zanjar la relación. Ella se sumergió en el trabajo, y distrajo sus pensamientos. Pero a veces pensaba en él. Y como las opciones para desahogar las penas se encogieron, y al frente sólo tenía a los compañeros de trabajo, es que rebuscó y encontró en Fabiana una persona en quien podía confiar.
Angela le contó a Fabiana las razones por qué Matías dejó de ser su enamorado. Le narró las cosillas malas que Matías hizo, pero obvió contarle a su confidente, lo malo que ella hizo.
El recorte de información provocó que la imagen de Matías se convirtiera en la del verdugo de la relación, en el tipo que tomó el arma y disparó a matar. Fabiana pintó a Matías sin haberlo visto en persona siquiera una vez. Para Fabiana, Matías era un imbécil, un tipo despiadado que maltrató a su amiga.
“A Fabiana no le caes bien”, le dijo Angela a Matías -aquella última vez en que charlaron- explicándole luego el por qué la amiga suya se compró una bronca ajena, sobre todo cuando ignoraba una porción importante de la historia que desencadenó el enojo de la extraña.
Está bien que un amigo se solidarice con otro, cuando este la pasa mal, cuando busca consuelo o cuando queremos frenar las lágrimas que se desprenden de los enrojecidos ojos del dolido. Lo que no está bien, es que juzguemos a terceros cuando su imagen ha sido desenfocada intencionalmente.
No siempre hay que darle crédito a las historias contadas por nuestros amigos, pues al margen de la confianza que se entiende une la amistad, la joda por un amor triturado hace que el narrador distorsione la realidad y oculte episodios donde las víctimas son los verdugos. Claro, es difícil contarle a tu confidente que también tienes parte de culpa. Hay cosillas igual de malas que nos recomiendan mantenerlas en reserva.
Matías prefirió no multiplicar su historia para ahorrase el mal rato. Sin embargo, su mal humor o su rostro triste repetido a diario, hizo que sus amigos notaran que la pasaba mal, que los días se oscurecieron incluso con el sol de testigo, que las noches eran más tristes pese a que la luna se esforzaba por brillar y sonreír.
No era complicado deducir qué le pasaba a Matías. Era evidente que sus penas lo acompañan desde que se despidió de Angela. Ya no bromeaba como antes, se dedicaba a trabajar y regresar a casa.
Kim es amiga de Matías, y ella al igual que Fabiana que odia a su amigo, empezó a detestar a Angela por ser la causante del llanto del tío. Claro, Kim se aventuró y sacó conclusiones que reñían con la realidad. Supuso que Angela era la mala de la película, y que no merecía que Matías sufriera porque no la tiene consigo.
Lo que Matías hizo para que Kim no lapidara a Angela, fue explicarle que si bien ella empujó el auto al abismo, él lo iba conduciendo. Ambos eran culpables. En diferentes grados habían sumado para que lo construido, se desplomara.
Fabiana y Kim llegaron a sentenciar a desconocidos, a emitir un juicio sin tener las pruebas suficientes para emitir un veredicto. Condenaron a Matías y Angela en un tribunal fabricado para la muerte. Y es que en ambos casos, el dolor de sus amigos bastaba para repudiar a los gestores.
jueves, 12 de febrero de 2009
Uno, el que quiere sobrevivir, se empeña en negar que sea un pisado. Pero el otro, el descarado, ha admitido que ya lo perdimos. No sé qué hacer. Han quedado atrás los juegos de play station, las chelas del fin de semana, las conversaciones interdiarias, acompañados de un cigarrillo cómplice. Ahora estoy solo. Ellos partieron, y no prometieron regresar.El negro y el chino se enamoraron, y lo celebro. Me alegra que mis mejores amigos caminen de la mano con chicas lindas, y me alegra más, porque ambos son un par de feos. Ya sé, cuando ellos lo lean, me reprocharán porque no soy tan agraciado físicamente, y me lanzó a cuestionar su belleza, indiscutible por cierto para sus señoritas enamoradas.
Trataré de no sonar gay (con el respeto de los gay y de Rivas), pero “quiero a esos feos”. Quiero a mis amigos de vuelta. Y sí, es una queja contra las enamoradas que los han secuestrado.
El chino ha dejado de ir a jugar fulbito los viernes con el resto de chicos. Y el negro prioriza la fiestas con su enamorada o una cena en casa de ella, antes de aceptar una invitación mía a jugar play, o simplemente a latear.
Al chino me lo cruzo en la chamba, y aunque charlamos, las conversaciones se han limitado a temas laborales, y reducidos espacios para abordar jodas personales. Y al negro, que agoniza en Cuidados Intensivos, no puedo contarle una historia que por el tiempo que ha transcurrido desde que quedamos en vernos, ya vale consignarla en los libros de Historia del Perú como parte de una investigación científica frustrada.
Las primeras en censurar este post, entiendo, serán la chata y la flaca, las señoritas enamoradas de los “animales” que me abandonaron, de los que no responden el teléfono, y si lo hacen, es para decirme que no pueden verme, porque sino tienen que pintar la habitación de su casa, tienen que ir a comer un apetecible platillo de caballa.
Supongo que no soy el único en enfrentar este dilema. Supongo que existen otros buenos amigos atrapados por el amor que decidieron desembarcar en el puerto que pintaron en sus sueños, y que no quieren dejarlo escapar. Y también supongo que al descifrar sus sentimientos, los buenos amigos concluyeron que este era amor, y que con el tarado del blog no podrían besarse ni pedirle la mano, así que “mejor lo dejamos”.
A ambos los sigo queriendo, quizá un poco más que ayer. Y por eso los llamo para que regresen a casa, a nuestra casa de árbol, a la casa abandonada de Carrusel, a la Plazuela para jugar play.
Dejen el saco largo en casa o rompan el poncho, para que no pisen sus pasos antes que ustedes mismos, y porque su amigo los espera. Pero no para darles besitos, porque conociendo sus desviaciones sexuales, debo aclararles que no me atraen, sólo los quiero como amigos…
miércoles, 4 de febrero de 2009
Lucas volvió al barrio, a las pichangas con apuesta de un sol o de quina, al trepar paredes como atajo para llegar a la cancha, a la puteada con los muchachos, a la cheleada post pichanga y a contar historias que resucitaban recuerdos de niños. Volvió a su esencia.Había pasado mucho tiempo desde que Lucas no oía un silbido colarse por la ventana de su habitación, llamándolo para jugar fulbito. El tiempo había devorado los años que pasó sin chelear en una esquina con sus amigos. Los días corrieron por delante de Lucas sacándole tanta ventaja que no pudo detenerlos.
Lucas no regresó a casa por error, pero sí para refugiarme de algunos miedos que descaradamente lo asustan a plena luz del día, miedos que no esperan la oscuridad para hacerle temblar. Lucas me cuenta que quiere sembrar nuevos recuerdos para sepultar y olvidar otros.
Me alegra que Lucas haya aterrizado en el barrio después de una estadía por tierras no tan lejanas, pero que sí lo alejaron de nosotros. Dice haber tropezado con historias de dolor causadas por indecisiones. Y como los chicos -los que siempre joden en la esquina- no entienden de sutilezas, le recomiendan a Lucas con crudeza que mande al carajo los pinches recuerdos, aunque fueron estos los que pusieron las primeras chelas con las que pretendía olvidar que amaba a Dina, la mujer que nos devolvió a Lucas al barrio.
Lucas aprovechó que la joda por la ruptura con Dina coincidiera con sus vacaciones, para volver al barrio, y por ratos, subirnos al árbol que nos camuflaba de las sombras que nos perseguían de niños. Pero resta una semana para que pegue la media vuelta. Las vacaciones terminan y Lucas debe volver al trabajo, y quizá, volver a enfrentar los misiles que Dina envía con su indiferencia.
Como también suelo trabajar pierdo contacto con Lucas por algunos días. En la víspera a su partida, con Lucas decidimos caminar bajo la lluvia. Luego nos escondemos de la lluvia para fumarnos algunos cigarrillos y empezar a despedirnos. Le digo que lo extrañaré, y no porque suela ser cursi, sino porque en verdad me joderá saber que se hospedará lejos.
Se va diciéndome que luchará para no olvidarse que debe olvidar. Le creo. Sus lágrimas me lo confirman, mientras se mezclan con la lluvia que también cayó al despedirme de mi amigo. “Chau tío”, me dice poco antes de abrazarlo y decirle adiós. “No sé cuándo, pero volveré tío”, responde con palabras al abrazo. “Hasta algún día doc”, sentencio al tiempo que veo su silueta desaparecer, y pienso que el dolor parido por el amor no es eterno. Ya pasará, confía en mí.
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