miércoles, 13 de enero de 2010

Reinicio o apagar???

Echo un vistazo por los blog de algunos amigos -en Perú y fuera del país- y de personajes ranqueados como Renato Cisneros (Busco Novia), y me veo obligado a preguntarme si vale la pena seguir escribiendo en el mío, si este blog merece que siga torturándolo con historias bobas, medias cojudas y estúpidamente románticas. He pensado un par de noches y me concluido en que NO, en que debo cerrar sinternoycorbata, que debo decirle adiós, con un chau entristecido, pillado en la mierda por no poder recuperarlo. Y es que lo veo en medio de una telaraña de conexiones médicas, entubado y zambullido en una cama de Cuidados Intensivos, y siento que no soy el médico que pueda curarle, es más, llamó a un cura para ofrecerle los santos óleos a este moribundo.
Repaso los post de los chicos, y me siento un pigmeo al lado de ciclopes, me siento un torpe, ahuevado, un bueno para nada, un tío que se autolimita, que no gusta más cruzar límites, que cada miércoles recuerda que debe escribir en el blog e improvisa algo porque ya no toma un café con la inspiración. Los otros blog son realmente buenos, el mío no mucho, o quizá no se asoma siquiera a eso.
Otra vez repaso, pero esta vez, los primeros párrafos de este post, y siento que estoy dramatizando, como suplicando que me pidieran -los pocos que me leen- que me quede, que no vuelva a huir como ya lo hice con un blog anterior. Pero no huyo, pienso. Sólo quisiera hacerme a un lado, ir a casa a pensar qué me pasó, por qué no soy el de antes, por qué ya no brindo con los post que escribo, por qué carajo estoy -con mi permiso- en caída libre.
Vuelvo en mí y me sujeto con las uñas al optimismo con el fin de arrancarme de la depresión mediática, creo que puedo reiniciar y no apagar el blog, creo que puedo chantejear al sarcasmo y obligarlo a que me ayude a salir del fondo, creo que puedo volver a jugar con las menudas historias que captan mis sentidos, y pasarla bien.
Acabo de marcar en la agenda que el próximo miércoles, sinternoycorbata empieza una nueva temporada, una oxigenada, una más jodida, y quizá divertida. Es una deuda conmigo, y con ustedes, que empezaré a pagar en una semana... déjenme ahorrar

miércoles, 6 de enero de 2010

Año para fabricar y curar heridas...

El incio de un nuevo año suele ser la excusa perfecta para reconciliarse con los enemigos que cosechamos en los meses que partieron, o con quienes se convirtieron en ex amigos por riñas ridículas y estúpidas. Los primeros minutos, las primeras horas y los primeros días de enero complotan contra la maldad del destino para ir tras la felicidad esquiva, para abrazarla y atarla al pie de la cama.
Basta saludar al parroquiano de turno y desearle un feliz año, para reanudar lo perdido o para revalidar lo encaminado, basta tener intención de enmienda para dejar de renegar por lo hecho si es que esto es malo, basta pedir perdón para canjear el infierno por el paraiso, basta dejar de ser un tonto para volver a la esencia, basta de acojonarse para saltar al vacío si es que el mundo te lo pide en una invitación pintada de color rosa.
El nuevo año es el año de las canciones descubiertas, de las amistades por venir, de las broncas por comprar, de las torpezas por hacer, de las heridas por fabricar y curar, de la mierda por matar, de las pichangas por jugar, de los conciertos por cantar, e insisto, de los recuerdos por sepultar.
Hoy, por ejemplo, me encontré en el chat con Rufina (nombre de abuelita la tía), y recordó que de haber permitido que su hijo nazca, este 6 de enero, el bebo cumpliría dos años. Pero no hay regalos por abrir, mi juguetes por estrenar, ni torta por cortar, simple y lamentablemente porque ella rompió la piñata con el remedo de médico que la ayudó a perderlo. Hoy, Rufina mira pa'lante, y aunque sabe que la cagó trata de ser feliz. Celebro eso. Me alegra que mi amiga superara este mal paso, y dejara atrás al hijo de puta que la llevara a un quirófano oscuro. Este 2010, para ella, es un año de nuevas oprtunidades.
Hoy también, aunque ya han corrido algunos días de este año nuevo, pillé en el msn a Xavi, un ex compañero de la universidad, y amigo de siempre. Cruzamos saludos por un año iluminado. El partió hace algunos meses a Estados Unidos porque se casó con una gringa (increíble, pero el pasatiempo de brichero funciona a veces). Dejó su natal San Ignacio en Cajamarca para instalarse en Washington donde se caga de frío, por los dos grados bajo cero que le apuntan a la piel. Confía romper el record de un mes trabajando, y perder la mala racha del migrante. Yo confío que así será.
Annie, también amiga de la universidad y con la que además chateé por la mañana, entiendo que en este 2010 procurará desprenderse de las miles de dudas que lleva colgadas en el pecho, y es que la tía está en busca de un conjuro que le evite llorar.
En fin, podría seguir en esto, pero no quiero aburrirles, quiero para mi 2010 -a lo Leono- ver más allá de lo evidente y adelantarme a mis pasos, dejar la prisa por la mesura, marcar un nuevo record en mi chamba, presentarme ante desconocidos y hacerlos mis amigos, seguir en el blog, ojalá y sin terno y corbata....

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cerramos el círculo...

La semana pasada fui a visitar a Georgina (antes Jorge) y mientras me cortaba el cabello en la estética del barrio donde me crié de niño y oía (sin querer oírlo) los chismes calentitos de la semana, noté -aunque parezca absurdo decirlo- que el tiempo había corrido frente a mí y que no había reparado que me superó. Mis ojos posados en el espejo me sacudían para gritarme que ya no era aquel universitario disparatado, con ímpetu de ciclón y con miedos de bebé.
A los veintisiete años soy el padre de dos niños, y el amigo de Manu y Luna, soy aquel que decidió y por el que decidieron, soy quien más de una vez se sintió en el limbo, a un paso del infierno (con reducidas posibilidades de escapar e ir al paraíso), pero que resucitó. También soy el jilipollas que se cansó de esperar las líneas que nunca llegaron. Y en lo físico, para ayudar a los rajones, soy el gordo que triplicó su tonelaje y que extravió su cuello reemplazándolo por una papada espantosa, soy el tío que (vamo´ que lo diré porque el EGO me sopló) perdió su encanto.
Había planeado dejarme el cabello largo (señal inequívoca del tiempo transcurrido), pero Manu -con la sutileza que lo engalana y que adoro- me pidió -con seis años a cuestas- arreglar el desorden de las greñas. Y es que la situación lo ameritaba: era su fiesta de promoción del kinder, y papá no podía ir a la gala con terno y con pinta de mamarracho. “Sería bueno que te cortes el pelo para que te veas mejor”, aconsejó Manu, por lo que cedí rendido.
Luna, fascinada con la muñeca que le obsequiaron en la chocolatada de la empresa donde trabajo, jugaba a ser mamá, figura imaginaria que no me animo a dibujar todavía, incluso ahora que aprende a pedir “pichi” al haber superado un año y seis meses desde que se mudó del mundo de los angelitos a este mundo, tan hermoso como cruel.
Este fin de semana, posiblemente nos reunamos los chicos de la universidad, los amigos que coseché mientras hacíamos pendejadas entre aulas. La Navidad ha servido de pretexto para juntarnos. Pero la idea es también cruzar miradas con nuestros hijos, entre pañales, pantalones cortos y ecografías por mostrar.
Laura, es posible que no nos acompañe, pero fue ella, de los chicos del grupo, la primera en dar el salto a ser madre, y nos trajo a Fabricio, su primogénito, el que vigilará los pasos de la pequeña Luana, su hermana menor, y que por cierto tiene unos ojos preciosos, distintos a los de la legañosa de su madre (se te quiere Paucar).
El siguiente en convertirse en padre -si mis cálculos no me engañan- creo que fui yo, con Manu, angelicalmente diablillo y travieso como sólo él puede ser. No tan lejos a esta descripción está Luna, mi segunda hija, bella e inimaginablemente traviesa e inteligente, sobre todo cuando explora.
Giancarlo, a quien suelo ver ocasionalmente presentando las noticias en la tele, secundó nuestros pasos, y nos regaló a Gabriel, su heredero (ojalá ahorre para que le herede algo). Hace tres meses me contó que sería padre por segunda vez, y aunque su abdomen prominente advertiría que él es el embarazado (disculpen la deformación), es Hellen, su esposa, quien está en la dulce espera.
Geancarlos, el pajarito Nazario, aquel tío de voz aguda y apendejada, también se convirtió en padre. Su nena, Akemi (nombre natural de la santa tierra de Olmos), lo ha transformado como a todos. Ahora es director de una productora, y le va bien, y me alegro por él. La última vez que lo vi fue en el matrimonio del chino Rogger, otro amigo de la universidad, que se alista para ser papá. “Chipinopo” -como llamamos a Rogger- espera la llegada de su chinita para abril, y cuenta los días para que la ecografía que se sacó su esposa Analí hace unos días se convierta en llanto nocturno.
Frida, nuestra eventual anfitriona en el reencuentro del fin de semana, también es mamá. Milena y Alberto son los culpables de que sus días se iluminen, incluso en las noches oscuras. Ella abraza la alegría de sus hijos al tiempo que trabaja con su esposa en una productora de televisión.
Andrés no estudió con nosotros en la universidad, pero es parte del grupo. Andrés es el hijo de Iván, el chato que ve como su único ñaño le pinta los días de colores, y lo recarga de energía para ir a joder a una radio nacional, donde trabaja como locutor de un programa -dicen- “oidito”. Pocas veces he oído al chato, pero tomando como referente la joda que hacíamos en la universidad, y conociendo el punche que le pone a las cosas que hace, deduzco que lo hace de puta madre, tan igual como los reportajes del magazine donde trabaja con Frida, su directora.
Patty, nuestra Patty, será mamá pronto (yeeeeeeeeee). La gordis compartió su alegría con nosotros hace un par de meses, cuando nos encontramos para comer una pizza con Rogger, pizza que por cierto, la estrenada mamá devoró con la prisa que le sugería el sobrino en su vientre.
Se ha cerrado el círculo, y la maternidad con la paternidad nos ha abrazado a todos los “Chilocos” (así nos bautizamos en la universidad, en otro post explicaré por qué). Nos reuniremos para recordar lo que vivimos, para palpar lo que se fue y se quedó entre nosotros, para contarnos cómo nos va como padres, para recordarnos que el tiempo seguirá corriendo frente a nosotros, y que la base tres se asoma para algunos, y chismear sobre lo que hasta hoy no sé. Otra vez el tiempo…

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Tods mienten, hasta tú...

Si otros mienten, y uno mismo lo hace, por qué entonces confiar en los demás, por qué creer a ciegas en los que aseguran hablarte siempre con la verdad, desprendidos de la censurable mentira. Acaso hay alguna cláusula en esta suerte de contrato amical, que garantice que tanto ellos como tú, deben decir siempre la verdad. Pues no.
Se habla, tras el escudo cómplice y apendejado de la excusa, que existen mentiras piadosas pintadas de blanco, esas que sí pueden ser disculpadas, luego de un menudo esfuerzo de explicar qué las motivó. Pero en el menú también figuran las mentiras oscuras, las negritas, de esas que nadie perdona, las fabricadas en laboratorio como el célebre Maquiavelo, las que tratan de ser indultadas -con mediano éxito- con la defensa de la imperfecta naturaleza humana, la que nos da licencia de cagarla con la perfecta naturaleza animal.
Pillar las mentiras tras un beso, después de un paseo por las nubes, o escondidas en un abrazo, es amordazar la felicidad o simplemente la pasividad del día, y de las semanas o meses que acompañarán la rabia por fiarte de alguien que te pateó el culo en un descuido consentido.
Sin las mentiras, los sacerdotes no tendrían chamba, los confesionarios no tendrían inquilinos y, las parroquias, mochileros de turno. Tampoco habrían baladas que le canten a las decepciones amorosas, y Magdalenas que le lloren a los discípulos de Juan Tenorio, aquel tío que cultivó el hobbie de llevarse a la cama a cuanta chica se le cruzara en frente, incluso a la hija de la tía que vende uva Italia en una triciclo.
Sin mentiras no existirían las verdades, y menos los santos retratados en estampitas, no habrían héroes sacrificados, ni pendejeretes, ni calzonudos, ni tú, ni yo.
Si las mentiras no tuvieran vida -como se ha demostrado en la práctica- mucho menos la tendrían los secretos que solemos guardarles a nuestros amigos, que ocasionalmente nos mienten.
En el juego de la verdad y la mentira, puedes pasar de ser un buen tipo a un reverendo pendejo, o una casquivana muchachona de bragas insostenibles en la cintura. Y es que carajo, entiendan, la mentira es una herencia indisoluble, que a pesar del esfuerzo por no acogerla en casa, penetra nuestra debilucha voluntad de ser buenitos.
Las mentiras suelen ser esculpidas por los villanos que ennoblecen a las víctimas embaucadas, las que a su vez revelan el mal hábito de los primeros de mentir compulsivamente sin mediar razón.
Pero qué nos lleva a mentir, acaso el miedo de no ser comprendido, o la joda porque te carguen con bromas pesadas durante una semana completa por la verdad que te ridiculiza o crucifica. Pareciera que al desnudar la mentira, nos acojona el hecho de mudarnos con nuestra soledad a una casa vacía donde es inútil esconderse bajo las mantas.
Admitir que vas a un hotel con alguien que no es tu enamorado, o que lo es hace una semana o tres días, es una verdad que amerita ser escondida tras el muro inmenso de la mentira. Lo es tan igual decirle al auditorio de chismosos que eres la trampa de alguien, o que trampeas con alguien.
La mentira sirve también para eliminar cualquier sospecha que haz roto las reglas, que te haz visto doblegado en el intento de cumplir los mandamientos de Moisés, y sortear la condena divina que te expone ante las miradas.
Las mentiras están predestinadas a superar las generaciones presentes y las que vendrán, parecen ser inmortales, y como tal, lo único que nos resta es aprender a convivir con estas, porque de eliminarlas de nuestra rutina, pueda que algunas verdades a medias arrojen el disfraz, y terminemos jodidos… Además, todos mienten, hasta tú.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Así soy...

Estas dos últimas semanas en que estuve alejado del blog me han servido para reflexionar, para pensar sobre lo bueno y lo malo que soy, sobre la bipolaridad humana, que muchas veces me hace ver como un buen tipo, y otras tantas como un puto villano, de esos que matan ilusiones. Que más allá de los títulos, me alegra y me jode ser como soy.
Quienes me conocen, y aquellos que están en proceso, saben que gusto de mi trabajo, de charlas amenas con amigos y amigas, salir a chelear, joder, y no ir a misa, pese a que el monseñor Moliné es muy buen amigo mío.
Gusto también estar con mi familia, con mis hijos, y jugar con ellos los sábados que descanso y no voy a la chamba. Bueno, esto por la mañana, hasta antes de ir a las clases del curso de especialización en el que me apunté para aprender un poquito más del periodismo, carrera loca que practico con mediano éxito.
La coquetería, pese a que no soy un modelo de revista, ocasionalmente me acompaña. La paciencia siempre está conmigo, incluso en momentos inusitados, de esos que te provocan mandar al carajo a todos.
Y es que así soy, de caminar pausado y mirada rápida, jodido, cagao (a veces)… ayúdame con algunos adjetivos (espero comentarios)

miércoles, 14 de octubre de 2009

Don Hueverto es (o no es) pendejo…

Hueverto, quiere hacer honor a su nombre, y dejar de ser el pendejo que dicen que es con las mujeres, porque lo es. No quiere disfrazar con lentejuelas ridículas una amistad barata como pasaporte a la cama de una mujer. Quiere tener amigas y no pensar que puede liarse a todas, desde la más traviesa hasta la puritana que le entregó su virginidad -baratito nomás- a cambio de palabritas cursis, que emboban.
Ya no quiere verle el trasero a una mujer cuando se va, o las bubis cuando se escapan por el escote de la blusa, o resaltan por debajo y encima de esta, asesinando los botones acojonados por las formas nada ingratas de la naturaleza que algunas de ellas lucen. No quiere confundir los gestos o palabras amables, y creer -con una montaña rocosa en los ojos- que la cortesía es en realidad coquetería, o una forma de ellas de decirle que hay chance de chapar, tirar o estar.
Hueverto no es tan hueverto como su nombre lo delata. Es más, nunca lo fue. Creo que al tío lo parieron pendejo, y desde los pañales empezaron a pulirle el don de conquistador compulsivo.
A Hueverto, quienes lo conocen por primera vez, no se animan a llamarlo por su nombre. Les paltea, suponen que puede joderle. Incluso, algunos, para ahorrarse el roche, lo llaman simplemente H. Y es que nadie se explica por qué sus padres decidieron llamarlo así. Nadie entiende si aquello fue un homenaje al abuelo que murió, un error del tipo que registra a los recién nacidos (parece que quisieron llamarlo Humberto), o una venganza del papá porque la madre le fue infiel.
Aunque Hueverto es un nombre que distrae, porque lo relacionas automáticamente con un tipo caído del palto, medio cojudón, incapaz de maquinar con mediana inteligencia alguna maldad; algunas de las chicas que se vinculaban con este coleccionista de relaciones furtivas y calientes, le cambiaban lo que en apariencia era una chapa, y aterrizaban sobre él, el nombre de sus ex enamorados. A Hueverto no le molestaba que canjearan su nombre por otro, que camuflaran el mal gusto de sus padres con maquillaje social. El tío podía tolerar todo con tal de un affaire.
Pero Hueverto quiere cambiar, dejar de ser lo que el espejo le reprocha. Planea, con bajas posibilidades de conseguirlo, ser un chico de bien, no cagarle la vida a ninguna mujer más. Le cuesta arrancarse las prendas de jugador, no a cambio de una túnica de religiosa, pero si por la de un tío bonachón.
Ha pasado una década y media desde que Hueverto inició una vida casquivana, de paseos desnudos por camas que las estadísticas perdieron registro, de besos apasionados y nada reticente a los estrujones bajo las sábanas. En los últimos dos meses ha liado con al menos ocho chicas, un promedio no ajeno en su record seudo olímpico.
Y si bien Hueverto por mucho tiempo se presentó como la antitesis de un Romeo enamorado, el tío también se enamoró, tuvo su Julieta, su reina, y dejó de ser aquel tipejo por dedicarse a exclusividad a ella, a la mujer de sus ojos, a la luz en medio de la oscuridad, al amor abrazado del placer. Fue en ese espacio en que sus pensamientos dejaron de ser gris y hablaba con el corazón, amordazando a los diablos alojados bajo la cintura.
Hueverto está decidido, quiere ser aquel otro del que las chicas pueden enamorarse sin miedos. Quiere, y luchará por hacerlo, enterrar las mentiras y sembrar verdades.
Vale, que no pretende convocar a cupido, ni pondrá avisos en los diarios, pidiendo que ella, sí, ella, llegue. Que no le ha visto el rostro en sueños, ni se lo imagina, sólo sabe que algún día cruzará sus huellas por la misma playa por donde camina ahora en solitario.
Se promete, y les promete a ellas aunque no lo escuchen, que no volverá a insinuarse con alguien del género femenino (guapa, claro está) con las intenciones que Benedicto XVI repudia y que la finadita Santa Teresa de Calcuta, censura. Se esforzará al máximo por no afanar al vacío de su corazón, y sin ánimos de convertirse en un cascarrabias, caminar pausado aunque a veces haya prisa. Si escuchan de algún Hueverto haciendo travesuras bajo las faldas, no os preocupéis, que ha de ser un homónimo…

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Once años después... vendrán más

Cuando el sábado volví a sentir el tirón en la pierna derecha durante la pichanga de fulbito en el barrio, supe que el domingo no desfilaría. Me jodió un carajo que el dolor me dijera que no acompañaría a mis ahora amigos, y ex compañeros de clase durante el reencuentro anual por el aniversario del centenario colegio nacional San José. Además, era un día doblemente especial, el Sanjo cumplía 150 años.
La mañana del último domingo había planeado no ir a clase de titulación en la universidad, para aprovechar las horas que ahorraría, yendo al diario donde trabajo para avanzar con una chamba, y ganar tiempo e ir al encuentro de los chicos. Eso hice, los cálculos no me fallaron.
Cuando llegué a la avenida Balta era imposible no escarapelarse. El que no sentía la piel de gallina no era del Sanjo. Ver aquella calle repleta de sanjosefinos y oír la banda de música entonando el himno granate era ciertamente conmovedor. Llevo once años fuera del cole, pero cada último domingo de setiembre, la sensación es la misma, y la vez distinta, cuando abrazamos los recuerdos tejidos en aula, y bueno, también fuera de esta, con las broncas a puño limpio en Los Parques, o después de cada partido de fútbol -y pocas veces de basquet- con los rivales de turno.
“Pacho” fue el primer tío al que encontré en Balta y llevaba consigo la banderola que mandamos hacer con el nombre de la promoción 1998. Charlamos, le pregunté por algunos de los muchachos, y me dijo que estaban en camino. Nos separamos por unos minutos porque él tenía que buscar a su papá -también sanjosefino- y yo, debía concretar una entrevista con un político que había pactado un día antes.
Al rato me crucé con “El Ciego”. Ya no usa esos anteojos con vidrios de poto de botella con los que lo jodíamos en clase, sino lentes de contacto. Ahora es psicólogo, cuando de alumno este tío tenía el don de enviar al manicomio a cualquiera, hasta el propio Job habría caído rendido, pues su paciencia no habría tolerado al buen Elard Arnaldo, El Ciego.
Luego que el Ciego me puteara por no vestir de terno y no desfilar, y tras justificarme por la lesión en la pierna, fuimos al encuentro de Pacho, y en el camino encontramos al frentón de Giorgio, que después de seis años que rompió mis lentes, no se digna en pagarlo (y dudo que lo haga luego, ya le he perdonado). Giorgio tampoco desfilaría -vestía sport como yo- pero en su caso era distinto, había regresado de viaje apenas una hora antes de ir al desfile, y no tuvo tiempo para sacar del closet el saco y la corbata.
Poco después encontramos a Paco, Sachún, Pikichaki, Chancafe, Milton y Beto. Empezamos a recitar las jodas de colegio, y cagarnos de risa, por las derrotas y los triunfos en las broncas, los afanes frustrados, las torpezas en clase, en fin. Hasta que apareció Manolo, y recordamos cuando después de una paraliturgia en el aula de segundo de secundaria, se lió a golpes con Eduardo, “el mongolo”, y el tío cayó en los primeros dos toques. Recordamos cómo Manolo salió huyendo despavorido del aula, pensando que le había matado, que Eduardo no resistió el enfrentamiento, y el mal cardiaco que padecía lo hizo caer en medio del ring que acondicionamos, post acto religioso, cuando nos dimos la paz.
No podía quedar fuera aquel día cuando el Ciego hizo el ridículo y las tres cabezas que le llevaba de ventaja al “Chino” Delgado Aquino, le sirvieron de nada para defenderse del chato que le sacó la mierda a punta de puñetes en la cara, empinándose.
Nos acordamos de los profesores y de la costumbre de estos de cobrarnos por facilitarnos los exámenes o aprobarnos en los cursos con el único esfuerzo de pagarles un sencillo (lo hacíamos sólo con los cursos cagones, no con todos). Nos reímos de la frescura cómo los profe nos sugerían ir a un local camuflado en la “cachina” para las clases especiales.
Esperamos que desfilaran las promociones que nos antecedían para que mi promo del 98 hiciera su ingreso con la banderola que no todos pagaron (paguen la cuota carajo).
Pillamos en el camino a Yuri, que estuvo un año por Inglaterra trabajando y regresó a Chiclayo con varios kilos menos de peso, ahora ya no podíamos decirle gordo, o quizá sí, pero por cariño a los rollos que nos acompañaron de primero a quinto de secundaria en la sección “I”. Con el gordo, recordamos cuando le hicimos mierda su casa, cómo dejamos su cocina llena de comida desperdigada, y los empaques del shampú, dentrífrico y papeles quemados. Él, con pana, nos sacaba pica porque no logramos atraparlo para depilarlo a la fuerza como lo habíamos planeado con el resto de chicos, en venganza a las maldades de Yuri con los inocentes.
Los saludos a nuestras madres estaban a la orden del día. La Rosa, La Feli, La Maru, La María y otras más también desfilaron, no orgullosas por la distinción. Y las ex enamoradas de los chicos no pasaron piola, también fueron chancadas, pese a que algunas esposas y novias vigentes nos acompañaban en la charla.
Juro, y no miento cuando lo escribo, que quise llorar al sentir sobre mi piel el coro del himno y la marcha sanjosefina. Rejuro por lo que más amo, que volveré el 2010 y, aunque este año no lo hicimos, lo haré para chelear en la calle, en la esquina, sentado sobre una caja de cerveza, acto que posiblemente sea censurable, pero que me importa menos que nada cuando el San José cumple años. Coco, Pacolo, puta madre tíos, no falten el otro año…