miércoles, 23 de septiembre de 2009
“Ese cdsm terminó con tu hermana”, le dijo furioso a Javicho su papá, hablándole de quien ahora podría decirse es su ex cuñado. La hermana de J, Renatha, descubrió que su esposo le era infiel, y Javi, ayudó a identificar a la causante de esta historia, penosa para la familia del tío, y feliz, para los nuevos enamorados, supongo.
J le dijo a su papá que lo entiende, que también se sentía mal, porque comparte el dolor de su hermana. Le pidió no desfallecer y retomar fuerzas para animar a su hija, que ahora, como cuando era niña, lo necesita para sacarla de aprietos, un aprieto bastante grande.
A Javicho, su viejo le pidió llamar a su hermana. Y lo hizo. Timbró hasta en tres ocasiones y no respondía. Comprendió que no quería hablar con nadie, ni oír consejos que en este escenario se pintan de estúpidos. Sin embargo, insistió. Ella le contestó con la voz delatora del llanto. Ahora era J quien no sabía cómo abordarla.
La mala costumbre de no telefonearse seguido la hacía sospechar a Renatha que Javicho la llamaba por algo importante. Y en verdad era así. Le importaba saber cómo estaba ella, si había dejado de llorar o aún lloraba por la ruptura unilateral de la relación.
“La vida nos trata bien y mal. Pero cuando nos trata mal estamos obligados a enfrentarla y ganar”, le dijo Javier a Renatha ensayando un consejo salido del afán de consolar a mi hermana. “Gracias hermanito”, contestó ella, tratándolo con una ternura que afortunadamente no abandonó cuando saltó de niña a mujer y que Javi degustaba cuando ambos éramos infantes.
Cuando Javicho -después de la pichanga del sábado- me contó este avinagrado episodio terminé de convencerme que ciertamente todo, absolutamente todo lo que empieza, en algún momento termina. Algunas historias toman un atajo y se van al diablo antes de lo esperado. Otras, le dan largas a la vida, y en una lucha encarnizada entre las alegrías y tristezas, llegan a pintar canas y modelar arrugas.
De regreso a casa, y mientras me duchaba recibí la llamada de Paco al celular. Me pidió que nos viéramos por la noche y así fue. La charla con Paco me ayudó a redondear la idea del inicio y el fin. Paco, hace menos de un año se pegó una tremenda borrachera, luego que su entonces enamorada lo cortara. Pero el fin de semana, una película romanticona lo llevó de regreso al pasado, torturándolo.
“Te pienso a las seis y quince de la tarde de todos los días como cuando tomamos el último café lejos de donde nos conocimos. Te veo en todas las malditas calles por donde caminamos y corrimos, en sitios anti románticos donde también compartimos ratos juntos. Y me pregunto por qué terminó, por qué carajo esta historia también tuvo que llegar a su fin, cuando habíamos planeado atajarla a mitad de camino y bloquear todas las rutas que llevaban al precipicio”, decía un párrafo escrito por Paco que me prestó para transcribir en este blog, y que lo escribió después de ver la peli y recordar a Dariana, su ex.
Pese a los lamentos de Paco, y al ánimo del tío de repetir la bomba chelera, entendí que el fin suele ganarle la batalla a las historias que navegan viento en popa.
Habría que preguntarse cómo carajo él se olvidó de pronto arrancar una flor de un jardín extraño para llevárselo a la mujer que dice amar. En qué momento perdió el interés por cometer una locura de amor. Cuándo es que se dijo “nunca más compraré un peluche”. Por qué ya no la invita a ver una lluvia de estrellas o simplemente, la luna estacionada. Qué sucedió para que el amor se derritiera y el fin reinara. ¿Qué pasó?...
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Cuando nuestros padres -por una fijación inexplicable- empiezan a emparejarnos de niños, con la vecinita de lado o la hijita del mejor amigo, hacen de este ejercicio casero, inofensivo, y hasta cómico, un ensayo de lo que vendrá luego, pero sin ellos como protagonistas secundarios. La fotito con la amiguita o el bailecito en un cumple mazamorrero, suelen ser los primeros pasos para complotar contra el destino y manipularlo, hasta el punto de crear maquiavélicamente una relación que desde antes de partir, se sabe aterrizará en la nada. Aquella época llega a nuestros recuerdos, luego que nuestros padres nos cuentan lo vivido de bebos, o nos muestran algunas fotos que testifiquen esa primera y kamikase relación de pañales.
Como los papis despertaron en ti el apetito de acercarte al sexo opuesto, es que -con comprensible y desmedido temor- tratas de galantear, al mejor estilo de un inexperto graduado, a la niña que resalta por encima del resto de tus compañeras de aula en la primaria. Lo jodido es que tienes competencia. No eres el único que procurará robarse la mirada de la niña bonita. Y será entonces, cuando decides tirar la toalla y mirar de lejos cómo otros la afanan, o perder todo roche, y combinar con precisión matemática lo cómico y ridículo, binomio con bajo margen de error al momento de aplicar esta estrategia infantil. Lo penoso de esta etapa, es que el éxito dura poco.
Es posible que en la secundaria sigas estudiando con las mismas chicas de la primaria, y se prolongue las posibilidades de anclar en una de ellas. Los méritos o deméritos de la primaria jugarán un papel, sino vital, importante, en tus intenciones de cortejarla. Habrá chicas que se muden de otros colegios al tuyo, y superen largamente o en un final de fotografía, la belleza de la compañerita relegada. Es en ese momento, en que hay que empezar de cero, y dedicarse a escribir otra historia.
Si terminas la primaria y en el sétimo grado tus compañeras se matriculan en un colegio sólo de féminas, redoblarás el esfuerzo por no perderle el rastro al cuerito fuera de las aulas. Sería imperdonable no tener el número de teléfono de casa, celular, correo electrónico y no agregarlas al Hi5 o Facebook (en mi época no existía lo último, nos conformábamos con lo primero). En este escenario, tendrás fortuna siempre que te esmeres, y la pereza no te intimide.
Con el tiempo vas ganando experiencia y coleccionando alegrías, golpes, lágrimas, desamores y, sabes qué hacer y qué sortear. Las primeras rupturas son una de las que más duelen. Y es que la ilusión del “primer amor” es como cuando vamos de paseo en un globo aerostático, acariciamos el cielo y compramos algunas nubes para llevar a casa, pero cuando lo pinchan caemos de porrazo con el riesgo de terminar en la unidad de cuidados intensivos.
La guapa del barrio es infaltable. Con ella también te cruzas en tu andar. Pueda que la cercanía y las charlas de banca hagan que te líes con ella. O para mala suerte tuya, que las payasadas de esquina te presenten ante sus ojos como un tarado, y mire hacia otra isla. Ahí si te jodiste.
Los quince o dieciséis son los años en que el aprender a tocar guitarra, te atrae, te seduce la idea de comprarte un arma de alta precisión y apuntar al corazón de la chica de la que te enamoraste. Le disparas, sin miedo a herirla, baladas que nacen de las cuerdas y tu voz. Las fogatas y las noches estrelladas se prestan para empezar a hilar la chompa que cobijará vuestro corazón en la playa donde se vieron por primera vez.
Como que en la academia pre las chance de emparejar tu soledad se acrecientan. Es bueno andar con pies de plomo, porque cualquier error te descalifica en primera ronda. Miras todo el panorama, sin saltarte espacios vacíos, y pillas en medio de ellas, a ella. Los cuatro meses que dura el ciclo en la preparatoria, pueden servir para empezar y terminar al ritmo de las clases, o para alistar el terreno a lo que pueda venir luego. O mejor aún, para los putos, intercambiar experiencias en breve plazo con chicas open maint… (EL PRÓXIMO MIÉRCOLES: PARTE II)
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Las mataperradas de los hombres contadas a lo largo de la historia colonial y republicana, y vividas por las mismas chicas en experiencias pasadas, hacen que con inteligencia tomen sus previsiones, ahora usan blusas con blindaje. Es imposible que no gusten de los chicos, y sueñen con el príncipe azul, pero ahora se detienen a pensarlo, y si es posible, enviar toda declaración amorosa a un laboratorio clínico para analizar la veracidad de las palabras.
Quienes la pasan mal con esta mutación femenina son los chicos que en verdad se enamoran y aspiran galantear a la mujer que pintó flores en sus ojos y su corazón, pero que a la vez le rehúye por temores comprados y regalados. Ellos tienen que luchar contra la imagen de los chicos floreros, de esos que fabrican al por mayor palabras tiernas para canjearlas por un “sí” con el único fin de inflar su estúpido ego masculino y colocar por debajo de la última conquista el nombre de la víctima estrenada. Tienen que convencerlas que no son de los que miran potos cuando se cruza una chica imán, de esas que atraen miradas masculinas; que dejaron de ser los que cruzan fotos de ex enamoradas desnudas, que tienen corazón y no un iceberg en el pecho.
Las rosas que puedan enviar acompañadas de una tarjeta con dedicatoria fresa, o las serenatas con mariachis, son fórmulas que a las chicas, las invitan a la duda. Al toque piensan: “este won quiere levantarme”. Alguna invitación a tomar vino, es entendida como el preámbulo a una noche desenfrenada donde los deseos sexuales los hará perder los papeles, y en algunos casos, algo más que eso.
Confiados en que sus hermanas no los censurarán, existe aún un grupo de chicos que cuenta sin reparo y sin saltarse detalles, las últimas de las aventuras pasajeras con las chicas del colegio, la academia, la universidad o el trabajo. Hay otros muchachones que lucen sus medallas y charlan abiertamente con sus amigas sobre sus últimos agarres. Lo que esos tíos no saben es que su fama puede multiplicarse y hacer que las chicas crean menos en sus palabras, pero lo más jodido, es que terminar de pulir la imagen de gárgola que las mujeres tienen de nosotros los hombres.
Eso que todos los hombres son iguales, entendiéndose por pendejos, es medianamente cierto. Insisto, hay quienes sí se enamoran y no florean, hay quienes aman, y no buscan un affair de fin de semana o de vacaciones de verano.
Debemos entender que la vida no es una máquina expendedora que te arroja una lata de felicidad en forma de cola, luego de ingresarle un par de monedas. No hay porque usar blusas con blindaje, porque por previsión, pueda que ustedes, chicas, espanten al amor de su vida. No está mal andar con pies de plomo, y aunque no es necesario correr como velocista olímpica, valdría la pena ir al ritmo de vuestro corazón, de que seguro no les defraudará.
Vamos chicas, es hora de mandar de vacaciones los temores. No olviden que librarse del miedo es como quitarse la ropa delante de alguien, a veces cuesta, pero cuando empiezas, lo único que tienes que hacer es seguir, sin dudar. Y de repente te das cuenta que el miedo no te pertenece, ha desaparecido, como esa ropa que un día dejaste usar… Suerte
miércoles, 26 de agosto de 2009
Es cierto que a veces es mejor callar y no decir o hacer nada. También es verdad que existen terrenos en los que es mejor no minarlo para poder caminar con libertad. Los psicólogos, y a veces los amigos, nos aconsejan dejar el complejo suicida del talibán, y no inmolarse por ideas románticas.
Quizá porque no soy un puto cangrejo, y no retrocedo en nada de lo que hago, es que en los últimos días una de mis mansas acciones ha sido la excusa perfecta para darme con palo. Definitivamente pude no hacerlo, pero me animé a lanzarme y ser pillado en el intento.
Desde que descubrí a Gianmarco Zignago en los noventa, gusto de su arte, de la forma en que retrata los amores y desamores, en letras de canciones que luego nos regala. Me vacila que no abandone su sencillez y que siga siendo el tío de barrio que no abraza la vanidad. Lo he oído en las radios, lo he visto por la tele, he comprado cassettes y discos suyos, he cantado “Canción de amor”, “Dos Historias”, “Te Mentiría”, “Gota de Lluvia”, “Después de mí”, en fogatas de amigos, y en los últimos tres años, además de comprar “La Madera del Alma” (su primer libro) he ido religiosamente a los conciertos que ofreció en Chiclayo, la ciudad donde vivo. Si tengo que bajar canciones del youtube, él encabeza la lista de mis preferencias musicales.
En la última semana, Gianmarco llegó nuevamente a Chiclayo para ofrecer cinco conciertos. Desde que hicieron la promoción en los medios, sabía que tenía que estar en el teatro Dos de Mayo, donde daría el show. No dudaba en que estaría en una de las butacas del teatro, gritando sus canciones, y emocionándome con las letras hipnotizadoras de las baladas.
Empecé a hacer méritos para ganarme la condena de amigos y compañeros de trabajo, cuando me incorporé al grupo de chicas que compartían conmigo el gusto por Gianmarco. En honor a la verdad, debo aclarar que hace tres años me registré -sin nadie que me apunte un arma a la cabeza- en el portal de fan de Gasparín, y que recibo información suya en mi correo electrónico.
Aprovechando que la enamorada de un buen -y oscuro- amigo es la presidenta del club de fans en Chiclayo, opté por matricularme en este grupo de muchachonas, que decidieron venerar al pelao en su travesía por la Ciudad de la Amistad. Madrugué a las 4:00 de la mañana, para ir al aeropuerto, ya que una hora después, Gianmarco aterrizaba en Chiclayo. El primer contacto con el pelao fue captado por cámaras fotográficas y de video. Esas imágenes fueron compartidas luego con quienes se convertirían en mis implacables verdugos.
Con la sola intención de joder, me etiquetaron de gay (lo cual, para mí, no es ofensivo, porque respeto a los gay). Los críticos no concebían que un hombre sacrifique horas de sueño por ir a recibir a otro hombre, no admitían que haya comprado un polo del club de fans. A las chicas, les perdonaban la ofrenda a Gianmarco, pero a mí, por no ser ella y sí él, me mandaron a la horca, censurándome.
Pero ahí no terminó todo. Para el primer concierto donde iríamos los fans, hicimos una previa, como un calentamiento a la pichanga que nos mandaríamos luego en el teatro. Alistamos vivas a “Gianni” y ensayamos canciones suyas. Ya fuera del teatro, cantamos y avivamos los ánimos del público que formaba la cola para ingresar al show. Ese momento, en el que además portaba el cartel más grande con frases cariñosas a nuestro artista, fue documentado en fotografías, captadas por un puñalero amigo (te quiero negro), quien se tomó la licencia de enviarlas a los correos de quienes ahora me joden.
No me arrepiento de ser fan de Gianmarco, y de haber hecho todas esas medias locuras en los últimos días, pues son una cadena de locuras mayúsculas que voluntariamente hice motivadas por él. Acepto con aplomo las jodas que me hacen ver como un “chico rosa”. Lo que no admito es que limiten la joda sólo a mí, que no la hagan extensiva con quienes han colaborado para que me carguen con bromas pesadas.
Chicho, el enamorado de la presidenta del club de fans, se ha colado con astucia en los conciertos, y ha lucido el mismo polo de fanático que yo, ha saltado y gritado con mayor intensidad a este blogger, y ha sujetado los mismos carteles “fresitas” dirigidos para Gianni, y que incluso ayudó a elaborar. La diferencia es que él se encargó de no repartir las fotos que lo delatan. Así que, no jodas negro.
Caliche es otro buen chico. Estar tras los huesitos de una también fan, hizo que este tío -que se dedicó a bombardearme con fotos- fuese al aeropuerto a pegarla de fotógrafo y colarse a los conciertos del pelao. Él también está con roche.
Vamos, que no quiero limpiar mi imagen, porque no está manchada. Gustar de un artista no es un delito que tenga que pagar. Pero eso sí, equilibremos la balanza de la joda… igualdad papai…
miércoles, 22 de julio de 2009
Había pasado bastante tiempo desde que a mí me sucedió, y la experiencia más cercana era la de mi hermana menor que ahora tiene veinte años. En un segundo -a lo Oliver Atton de los Supercampeones cuando va a disparar el tiro con efecto- recordé que mi mamá con caricias en mi cabeza se limitaba a consolarme cada vez que veía disminuida mi dentadura de niño, mientras mi papá que hacía notar que a diferencia de otras cosas que perdemos, aquellos dientes volverían un tiempo después.
Traté de remedar la receta de mis viejos, que entiendo surtió mediano efecto conmigo. Pero a Manu, poco le importaba si su diente volvería, simplemente no quería despedirse de él. Y no es que le tuviera aprecio a aquel diente en agonía, sino que le aterraba la idea que en el colegio sus compañeros de clase lo jodieran por el extravío involuntario de su muelita.
Las vacaciones forzadas por la gripe AH1N1 aplazarían la joda por una semana más, pero Manu tenía razón: en algún momento, uno de esos niños despiadados advertiría que el flaco perdió el diente, e inventarían una joda quizá más ingeniosa a la antiquísima Cindy (de sin dientes) o cierra la ventana (por la apertura en la dentadura). Era inevitable ser el blanco de las burlas en el aula donde Blanca Nieves o el Oso Pooh, pegados en la pared del salón, podían hacer poco por rescatar a Manu de la avalancha de jodas fabricadas por manos pequeñas.
Es cierto, con Manu tenemos diferencias de ideas, centradas básicamente porque él -con un criterio obtuso e infantil- decidió ser hincha de la U, y yo soy aliancista a morir. Pero en lo que coincidimos es en que nos amamos hasta la eternidad, y quizá, un poquito más allacito. Y por eso, no podía sumarme a la burla, y hacer leña de la muela caída. Tenía que inventar algo y rápido, porque Manu oía mi silencio responderle por el celular.
“Papá, estas ahí”, preguntó Manu, recriminando con delicadeza mi ausencia en la conversación. “Sí, mi amor”, respondí. “Y qué hago con el dolor de muela, no quiero que me la saquen”, dijo, volviendo al ataque de las preguntas. Así que recurrí a la historia del ratoncito, ese personaje cómplice que a cambio de llevarse el diente de tu hijo le ofrece al inocente embaucado, algo de dinero para no alargar el llanto. Lo jodido de este trueque es que es financiado por los padres.
Con Manu aún preocupado por su destino en las próximas horas, me dediqué a explicarle -a través del celu- la negociación que haríamos con el ratoncito, y el aporte que debía hacer, como una suerte de inversión que luego recuperaría con creces.
“Escucha con atención rey: Es cierto que cuando pierdas tu muelita, te dolerá, pero hay una buena noticia”, le dije a un intranquilo Manu. ¿Qué?, preguntó. “Cuando se caiga tu diente, podrás colocarlo bajo tu almohada al momento de ir a dormir, y al despertar al día siguiente, encontrarás algo de plata que un ratoncito te dejará a cambio de tu muelita que se llevó”, le dije a Manu, procurando no obviar ningún detalle sobre el trato con el roedor invisible. “Ok papi”, sentenció Manu.
Al llegar a casa por la noche, Manu me recibió con una sonrisa distinta, a lo Chilindrina, sin el diente que lo acompañó por algunos años. Luciana, mi esposa, me narró cómo Manu huía del dolor, cómo se trepaba por las paredes, hasta cuando cayó rendido y perdió el jodido diente.
Manu, atento a la negociación clandestina que hicimos por teléfono, y a la que sumamos luego a su mamá, me mostró el diente que despediríamos antes de esconderlo bajo la almohada. Tomó su leche, se lavó los dientes que sobrevivieron, y camufló la muelita bajo su almohada, no tan al fondo, como para que el ratoncito la encuentre fácil y pueda dejar el billete.
Con Luciana, por la madrugada, retiramos la muelita mientras el flaco soñaba con vacacionar en el Caribe, y depositamos el dinero como lo habíamos pactado -indirectamente- con Manu. No precisaré cuánto ingresamos a la inaugurada cuenta corriente de nuestro hijo, pero no pecamos de avaros. Sólo espero que este negocio no le resulte rentable a Manu, y no se auto-reviente los dientes para costear sus gastos… Te amo rey.
miércoles, 15 de julio de 2009
Pueda que crean que Sara es una mujer posesiva, absorvente, que quiere que Lucas esté siempre al pendiente de ella, que no trabaje, y si respira, que sea por ella. Pero no, no es así. Es una mujer que sintonizó su corazón con el de Lucas, rindiéndose al amor que él le inspira. Sara, ha demostrado con hechos y no palabras, que ama a Lucas, y él, se esfuerza por hacer lo mismo, pese a que la ama con intensidad inmedible.
Moriría en el intento de narrar las infinitas horas de amor e historias intermedias que Sara y Lucas vivieron juntos. Sobreviviré al contarles que ambos empezaron a pellizcarse los brazos, luego a puntearse con lápices en el ojo, y finalmente lanzarse piedras al corazón. De pronto, parieron heridas engendradas por las broncas. Todo cambió. Ya nada era igual.
Recuerdo haberle oído decir a Sara que si Lucas saltaba a un abismo sin paracaídas, ella iba tras suyo y sin alas. O que si a Lucas lo herían de un balazo, ella sangraba. Lucas por su parte, le regaló un mapamundi hecho globo, y le pidió girarlo para luego frenar con su dedo en el lugar en el mundo donde irían a vivir su amor, a solas, lejos de la mierda que los perseguía. Y es que el suyo era un amor imposible por terceros, no por ellos.
La última vez que hicieron el amor, Lucas dejó huir una lágrima. Ella, después de aquella noche, le regaló un abrazo, y le prometió que nunca lo olvidaría, que aunque desfilen algunos otros hombres en su andar por este mundo, él sería el amor de su vida. Lucas se vistió con la tristeza en los bolsillos, porque no volvería a ver el lunar en su espalda.
El primer día después del adiós fue terrible. Ambos querían tomar el celular y llamar al otro. Se contenían. Luchaban contra ellos mismos, y lloraban. Era inevitable no extrañar, era harto fácil recordar, y menos complicado, no sufrir. Se resistían a ser consolados por manos amigas, pateaban piedras y latas mientras caminaban por calles vacías como su corazón que desalojó al amor invasor.
Cumplido un mes desde la lágrima de Lucas, Sara checó las últimas llamadas recibidas en su celular. Lucas no estaba en la lista. Lucas se escapó de la bandeja de llamadas recibidas, y se escondió en la ducha, aferrado a la amargura del fin de una historia repudiada, odiaba por la broma pesada que le jugó la vida, y él mismo.
Todos alguna vez hemos tropezado con el punto final de una historia, hemos protagonizado desenlaces llorones, y hemos gritado en el silencio por la rabia contenida de no poder recuperar lo imperdible. Me ha pasado a mí, y te ha pasado a ti que me lees. Posiblemente vuelvas a revisar tu celular, y el o ella, habrán huido con Lucas de la bandeja de llamadas recibidas.
A veces es válido aplicar la fórmula del payaso: reír mientras tu corazón y alma lloran. A veces es bueno dejar partir a los recuerdos que a diario nos martirizan. A veces sería estupendo no revisar más las últimas llamadas en el celular, y timbrarle a la felicidad que está de vacaciones. Quizá vuelva, quizá no. Suerte amigos…
PORSIACA. El último miércoles mientras alistaba un nuevo post me asaltó la mierda por un problemilla que afortunadamente maté. Eso me impidió escribir, mi mal humor me detuvo. Me disculpo en caso hayan esperado el post de la semana pasada y no lo encontraron. No volverá a suceder.
miércoles, 1 de julio de 2009
Si tuviera que lanzar una moneda a la pileta y pedir un deseo, sería el no ser vista con ojos mañosos, de esos que la ven desnuda caminando por la calle, o sobre una cama, jadeando deseosa. Quisiera -con justo derecho de mujer- que le lleven flores, le dediquen poemas, canciones, ir al cine, a la playa, al parque, recibir serenatas, ser la media naranja de alguien, pero claro, sin que el conquistador disfrazado mire de reojo al depa o el hotel al quiere llevarla entre coqueteos y empellones.
Las veces que ella se enamoró se topó con unos tipejos, la engañaron, la sedujeron con el malévolo y pre fabricado propósito de llevarla a la cama. Algunos pocos -sospecho- lograron presentarse como hombres enamorados, encandilados por su corazón. Y ella, confiada en ese amor mentiroso, posiblemente se entregó, pero luego descubrió que ellos sólo querían intimar.
No pretende ser monja y tiene claro que seguirá saliendo a discotecas los fines de semanas y cheleará con sus amigos, pero nunca más quisiere sentirse en el mismo nivel que preservativo, no quiere que la usen y la desechen. No permitirá que ningún otro sujeto la maltrate, se protege siendo indiferente y dispara contra el príncipe que cabalga hacia ella.
Quiere, pero se rehúsa a creer en palabras bonitas, pues comprende que los chicos la utilizan para programar un tour sexual con ella, y sin consultarle. Aún gusta de los chicos guapos, pero de ellos, dice que son los peores.
Sabe que no puede retroceder el tiempo y vivir eternamente como niña, lejos de las curvas que enloquecen a los chicos con los que se cruza. A veces llora porque quisiera volver a jugar a las muñecas, pero no que jueguen con ella. Planea no tener hijos y seguir criando a su perrita. Y morir a los cincuenta, pues dice que no tolerará las arrugas en su rostro y cuerpo, y menos, los achaques que le regala la ancianidad.
“Es feo sentir que sólo te busquen para tirar. Me da coraje y los mando a la mierda”, me dijo la última vez que la vi, cuando se reprochaba porque aquel cuerpo que las gorditas envidian, es un desgraciado imán de deseos masculinos. Duda de la existencia de la amistad de los chicos, está convencida que navegará por aguas tormentosas siempre que cruce pasos con tipos pipilólogos.
Es cierto, no es la única mamacita con corazón, no es la única mujer que despierta sensaciones, y no será la última chica que desborde los límites de lo censurable. Ella es sólo una de muchas mujeres a quienes los chicos le sueltan los galgos, y ello se dará hasta el fin de los tiempos, Y chicos, si gustan un consejo: enamórense con los ojos cerrados.
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