miércoles, 22 de abril de 2009
Con Susan Boyle he roto mi record. Treinta segundos después de oírla cantar, no sólo terminé sorprendido por la forma en que interpretó “I dreamed a dream”, y dejó boquiabierto al incrédulo jurado gringo de “Britains got talent”; sino que terminé sacudido, bobo, agradecidamente hueveado. La concursante Nº 43212 y natural de la villa escocesa de West Lothian tuvo la osadía de escarapelar mi piel, tan igual como la del público que se deleitó con esta gala. Claro, también lloré, al ver lo que sin duda era una lección de vida.
Cada segundo que pasaba mientras Susan cantaba, humillaba a quienes se burlaron de ella cuando se presentó y dijo que su sueño era ser una cantante profesional como Elain Paige. Era rico oírle cruzar su voz con la música. Era un deber aplaudirla y celebrar que esta fémina rechoncha, despeinada, de maquillaje artesanal, poco agraciada y de vestido de abuela (no me burlo, sólo la describo), decidiera a sus 47 años presentarse en el reality de la televisión inglesa.
Todos estaban de pie aplaudiendo a una desempleada, incluso el jurado que trató de minimizarla con preguntas cachosas arrancada de la ironía que invitaba su apariencia física. Susan envió un beso volado que todos, incluyéndome, tomaron para guardarlo en el baúl de los gratos recuerdos, de esos que no olvidas, así una guerra mundial te sacrificará mil veces.
Ya se iba, no oiría que el jurado le otorgaba a ella y a su talento, la máxima calificación. Regresó como marchando, mirando al piso, posiblemente nerviosa, como cuando antes de ingresar al escenario comía una dona. Los tres miembros del jurado, luego de disculparse, la halagaron. No era una compensación al insulto tácito de la burla inicial, pero le dieron tres SI, la cima de la calificación a los osados concursantes.
Susan zapateó y con la mano en alto disfrutó su merecido triunfo. Volvieron a aplaudirla, y ella, nos envió un nuevo beso que despegó de su boca para reposar sobre quienes quieran compartir su éxito. Esta es una historia real que simula ser de película, es un pedazo de la vida de la Boyle que no olvidará nunca, que estará con ella incluso cuando cante con los ángeles.
La moraleja de lo que también es una fábula, variará según la persona, el grado de sensibilidad, pero sobre por la capacidad de entender que el éxito es una oportunidad bien aprovechada, que nunca es tarde para empezar, que la joda no es una roca sino una piedrita en el camino que andamos, que los fracasos de ayer no tienen porque ser eternos, que la apariencia es sólo eso y no lo que somos.
Para quienes pasan momentos difíciles o se han rendido antes de empezar a luchar, aún hay tiempo para corregir el destino de nuestras vidas. Para quien llora por el amor que se fue, o se deprime porque no encuentra trabajo, para quienes van a ser padres siendo niños, o para quienes están en cama enfermos, Susan nos ha demostrado que lo imposible es posible. Depende de nosotros.
miércoles, 15 de abril de 2009
Esconderse de los demás para amarse lejos de las miradas asesinas de los cucufatos, puede reñir con todos los cánones del romanticismo. Pero es, y será, el mecanismo para cuidar con recelo una relación que te empeñas en no dejar, porque la pasas bien con él o ella, porque empiezas a quererle, o porque aprendiste a amar a quien se encaleta contigo. No siempre funciona, a veces perdemos en el intento.
Recuerdo que de chibolo, la mamá de Angela me mandó un reverendo bofetón, luego de descubrir que su hija de 14 años, se chapaba a escondidas con un desconocido, lejos de casa. Ella, como toda madre, no quería que su nena truncara su futuro y saltara de los besos atontados de la adolescencia a los besos calientes que las hormonas comprimidas suelen encender. Por eso se resistía a la idea que Angela estuviera con alguien, y por eso también, es que regalaba cachetadas a cualquier pretendiente de su guapa hija.
Pese a aquel incidente, volví a tropezar con otras chicas que como requisito me pedían no revelar nuestra relación, para evitar que esta terminara pronto por la decisión autoritaria de sus padres. No era algo que me incomodara. Aceptaba la condición sin rebatirla. Bajo la sombra de los papis, me mandé y terminé con tres chicas más, si el cálculo no me falla.
Melva fue la segunda enamorada con la que estuve desde que ingresé a la universidad. Lorena fue la primera, y también se mantuvo a escondidas, hasta que con el tiempo se hizo público en una borrachera. Pero cuando Melva me dijo: sí acepto; habían pasado apenas tres meses desde que mandó al tacho a Miguel, un tipo que gustaba hacer el ridículo y vestirse con mayas para ser el súper tuno, y que por tres añitos fue su enamorado.
Melva también optó por camuflar la relación en una amistad de compañeros de clase, pues si sus padres se enteraban que ahora chapaba conmigo, y no con Miguel, me hubiesen fusilado sin compasión, y le hubiesen sugerido (entiéndase por ordenado) pedirme que ya no la llamara, ni la visitara, y si pudiera, que me cambiase de universidad.
Miguel se ganó a pulso a los señores, y ellos no concebían que su hija lo hubiese dejado, y menos que estuviese con cualquier otro sujeto, aunque este fuese guapo y elegante como yo. Dos meses después de un inicio también condicionado, todo terminó, hasta la amistad que sembramos. Ella dijo que sus progenitores (esa palabra me parece terrible pare este relato, pero no encuentro otro sinónimo para “padres”) se enteraron de lo nuestro, y por eso se despedía con un beso en la mejilla.
Luego, en algún congreso universitario, me escondí en un baño con Liliana. Ese encuentro tenía como destino obligado un puerto escondido, porque ella era la ex enamorada de un amigo.
Lili me pidió que la visitara en su cuarto, pues nos hospedamos en el mismo hotel. Apenas entré a visitarla con intenciones poco sanas que compartíamos, tocó a la puerta otro compañero que me había visto colarme en la habitación de la china. Para esconderme, ella optó por mandarme al baño. El cachetón sospechaba que yo estaba en el cuarto chico, y se dirigió hacia este, pero ella lo atajó en el camino para distraerlo. Le dijo que se ducharía, y por eso no podía ingresar. Ya en el baño -yo escondido, y ella lista para ducharse- Lili prendió la ducha para simular que se bañaba, pero en realidad nos besábamos con moderaba pasión. No puedo contar más detalles, pero al salir de la habitación de Lili, terminé mojado: el agua que cayó de la ducha rebotó hacia mi ropa que estaba tirada en el piso.
Tengo en mente algunos otros, no pocos, episodios que viví a escondidas, disfrazado de amigo, compañero de clase, e incluso de gay. Todo claro, con la legítima intención de no despertar sospechas entre los enemigos y sostener en pie las relaciones. Este post no tiene espacio para contar los encuentros que fueron públicos pero que duraron poco, casi nada, y que algunos llaman agarres. Yo no los califico, sólo los recuerdo.
CALETAS MEDIA CALETAS
En los dos últimos años he conocido relaciones informales de amigos cercanos. Son de ese tipo de relaciones que supones nadie intuye, pero que en realidad, algunos tienen la certeza que sí pasa algo. Crees que es caleta, pero es medio caleta. Presumes que nadie te ve, pero las actitudes nerviosas te prestan los binoculares para verte de lejos.
En este caso no profundizaré en detalles, no vestiré de pistas este párrafo para no arriesgar a los insospechados personajes, que hacen cositas ricas a escondidas. Ellos y ellas suelen hacer de los cuartos de hotel los compinches de estas historias que conozco, pero que no contaré, en aras del derecho que tiene lo clandestino de mantenerse vivo.
miércoles, 8 de abril de 2009
A los hombres nos premian -sin concursar- con el galardón de Don Juan (personaje ideado por José Zorrilla y que se convirtió en un seductor despiadado por una apuesta) por ser la especie humana que predica la infidelidad y la promiscuidad con una libertad y frescura que las mujeres censuran. Sin embargo, es injusto sólo afirmar que los hombres y no las mujeres explotan el don de la mañosería. Es igual de injusto precisar que de la población potencialmente amorosa, la porción más grande de la torta mañucona se la comen los muchachos y no las chicas.Para las féminas desinformadas o ciegas voluntarias, en este mundo que sataniza la infidelidad también habitan chicas que fungen de Doña Juana, chicas que también son infieles y promiscuas. Chicas de la vida alegre que no son rucas. Muchachas que ligan con la pluralidad masculina, y van a casa a dormir tranquilas, o si pueden, duermen con el chico de turno.
No trato de librar a los de mi género de aquella frase que dice que “todos los hombres son iguales”, refiriéndose a la innegable herencia de ser infieles o putos. Sin embargo me sumo a quienes en silencio piensan que “no todas las chicas son iguales”, pues hay chicas que veneran la pendejada, la joda de estar con uno y otro, pero lo callan.
Para las mujeres es más fácil afanar a un calzonudo. Mientras los chicos se esmeran por portarse como unos caballeros o disfrazarse de Romeo, a las chicas les importa poco ser la Julieta de sus ojos, y aprovechan que son curvilíneas, de senos apetecibles, caderas espectaculares, rostro precioso, y hacen babear a los galanes que se quieren levantar.
Que los chicos apelen a una sinceridad mentirosa y bajen a pedradas la luna y las estrellas, para que las chicas la guarden bajo la almohada, es una estrategia que aún se utiliza, y que las chicas han pirateado con fortuna para aplicarla en su andar en el exquisito camino de la conquista.
Aclaro, no repudio la idea que las chicas gusten pasarla bien con más de uno, no me rasgo las vestiduras porque una mujer le es infiel a su pareja tal como lo puede ser este. No estoy en contra de las hombreriegas o las aplicadas doña Juana. Pero carajo, no digan que las mujeres son la especie inmaculada, libre de cualquier amago de infidelidad. Ya paren con eso.
No estoy resentido con ninguna chica. Es cierto que en algún tiempo lejano, una de ellas me hizo cornudo. Pero también es cierto que podría hacer una lista extensa de chicas que conozco y que aparentan ser tranquilas, pero que les fueron infieles a los babosos de sus enamorados, novios o esposos.
Este post no es una venganza atrasada, ni procuro reivindicar a los hombres de las sentencias sin juicio. Pero en aras de la igualdad de género, esa que tanto defienden las feministas, equilibremos la balanza y postulen a las chicas para el premio del Mañoso del Año. De seguro habrá sorpresas…
miércoles, 1 de abril de 2009
Pero no sé por qué si a la gente le parece piola “sinternoycorbata” no traducen ese sentir en comentarios, no con la misma ferocidad con la que comentan las fotos del hi5, pero tampoco lo hagan con la ociosidad que te despierta ir a misa los domingos por la mañana, cuando estás de boleto gracias a una bomba chelera.
Mi promedio de comentarios por post oscila entre uno y dos por semana. Mi record es cuatro comentarios. Y debo agradecer a Claudia, Rogger, Jhoanna, Giancarlo y Carla, que ocasionalmente se tomen un tiempo para opinar. Son ellos quienes me animan a seguir. Gracias chicos.
Cuando al número de visitas le resto la cantidad de comentarios, me pregunto por qué la mayoría se limita sólo a leer y no opinan, por qué callan y no gritan, por qué toleran mis ideas y no las refutan, por qué me hacen creer que tengo la razón y no me equivoco. ¿Por qué señores, señoras, jóvenes, señoritas y niños?.
Es cierto, este post remeda una pataleta de chibolo malcriado, de esos que les jode no tener el juguete que ven en la tele. Pero creo que mi pataleta está medianamente justificada. Cada miércoles al mediodía cuando cuelgo un nuevo post, renuevo la esperanza de superar los dos comentarios, pero los días pasan, y el miércoles siguiente es lo mismo. De poco sirvió que el chato Iván, un amigo de la universidad y hoy reportero de un magazine televisivo, hiciera público el nacimiento del blog (http://www.youtube.com/watch?v=SZIaAIpMYoI). Y al parecer tampoco funciona la fórmula de promocionar por el messenger el nuevo post de la semana.
Ya px chicos, comenten. Grítenme, jodan, opinen, pero no compren y vendan silencio. Necesito saber qué piensan sobre los episodios que secuestro de lo mío, y a veces de lo suyo, y lo hospedamos en el blog. No voy a arrodillarme para pedirles que opinen, pero no me censuren con comentarios ausentes. No puedo prometerles un pago monetario a cambio de cada comentario, no hay canje. Y si no tienen una cuenta en blogger que les impida comentar, créenla px. Espero sus comentarios…
miércoles, 25 de marzo de 2009
La última semana me encontré con un profe de primaria en la combi donde viajábamos. Sus canas me distrajeron, pero su rostro me atrapó y me recordó, sacudiéndome en el tiempo, que aquel era el profe de matemática que nos martirizaba de niños, hasta el punto de regalarnos pesadillas gracias a la vocación inconciente de satanizar los ejercicios de geometría.Esta última semana, cruce mis pasos con los de una ex enamorada. Ella lucía guapísima, desprendida de la inocencia que me cautivó de adolescente. Incluso me contó que se había separado del papá de su hijo que tiene la misma edad que la nuestra cuando nos conocimos.
Esta semana mi hijo Manu me pidió un play station, regalo que espera recibir cuando cumpla seis años en agosto. Y mi hija, la bella Luna, no protestó por obsequios, pero acaba de cumplir diez meses. Con Luciana, mi esposa, celebramos su cumpleaños esta última semana. Ella si pidió regalo, y por eso luego de la pichanga de los viernes fuimos a chelear con Chicho, la china Pao, el pelao Lecca y el gran Chipinopo, amigos que coseché en los últimos ocho años.
Esta última semana, también, chequé el partido de la final entre el Niupi y el Franco Canadiense. Era increíble ver nuevamente -después de quince años- a Oliver Atto, Tom Misaki, Benji Price, el tonto chonguero de Bruce, Ralph, Richard Text y Steve Hyuga. Era genial ver cómo Oliver daba chance de ir a almorzar y regresar, ducharse, oír un sermón del Papa Benedicto XVI, y no hacer aún el famosísimo Tiro con Efecto. O en el caso de Hyuga, lanzar el Tiro del Tigre. Y recordar en un segundo un vida de miles de años.
Alex es mi amigo de barrio, y también en esta última semana me contó mientras cheleamos con Jayme que lleva ocho años de enamorado con Ruth, y que en abril planean casarse porque superaron con creces la barrera de la convivencia. Me alegra por el cabezón, y también por su futura esposa, quien además es mi amiga. Lo recuerdo de chibolo cuando nos conocimos durante las charlas de confirmación en la parroquia de Pomalca, y es que apenas cursaba el cuarto de secundaria.
Hoy por la mañana, al verme reflejado en el espejo, noté que mi cabello está creciendo y hace sólo dos meses visité la peluquería de Miluska (un gay amigo mío). Noté además que olvidé afeitarme la barba, vi que mi cuello dejó de serlo para dar espacio a una espantosa papada, y mis ojeras lucían radiantes. Al menos lo último no sucedía cuando estaba en el cole o la universidad.
Lo que trato de decir en estos primeros párrafos es que el tiempo tiene la insana costumbre de correr desenfadadamente, casi como maratonista irresponsable (mismo Forrest Gump). Pero que pocas veces advertimos que ya no somos los alumnos -peinaditos y uniformados- que atendían una adormecedora clase de matemática, o el novio calzonudo y pajero de la chica guapa del barrio, o que ya dejaste de ser enamorado, y te convertiste en padre y esposo.
Algunos suelen planear su vida, haciendo incluso un cuadro pormenorizado de lo que harán en los próximos diez años. Yo lo hice, pero no se dio como lo calculé. Y no me arrepiento, porque aprendí que la vida no te regala alegrías solamente porque sumas y restas tu vida a la perfección. A veces es mejor romper el molde y multiplicar ratos pintados de colores, como los que pierde Manu, y Luna mordisquea (alucinando que es su mamila).
Los años seguirán corriendo. Difícilmente vuelva a encontrar al profe de matemática, quizá la ex enamorada se vuelva a casar, es posible que el hijo de Manu lo joda con algo parecido al play station cuando mi nieto (asu, mi nieto) tenga seis años. Oliver, el de supercampeones, no envejecerá pero sospecho que habrá una versión mejorada del manga. En fin, insisto, los años correrán. Encontrémosle sentido a lo que hacemos para que los años que corren delante de nosotros no se burlen al llegar a la meta…
miércoles, 18 de marzo de 2009
Desde que pisé por primera vez el jardín de la infancia, cuando apenas tenía cuatro años, supe que tendría dificultades para socializarme. No era una premonición, era algo real, casi podía palparlo. La razón por la que desembarqué en esta sospecha era el roche. Temía decir o hacer algo que entendía podría resultarle cómico a otros y convertirme en el tonto útil de aquellos que buscaban a un bufón voluntario.Para entonces, prefería quedarme en casa a ver dibujos animados (Los Pitufos, Transformers, Thundercats) por la tele, antes que madrugar para ir tirado de la mano y somnoliento a una clase donde me darían las primeras armas para sobrevivir en este mundo. Hoy me recuerdo de niño, peinado como tonto, vistiendo un mandil celeste a cuadros, y con una lonchera que escondía la clásica gelatina y la no menos popular galleta de soda. Quizá por eso es que inconcientemente me sentía como un potencial bobo.
Solía quedarme callado antes de intervenir en clase. Prefería no ofrecerme como voluntario para ninguno de los ejercicios porque intuía que otros podían hacerlo mejor, o simplemente podían hacerlo, y yo no. Cuando respondía entre dudas, lo hacía obligado porque la profesora Mariela (en mi época aún no llamábamos miss a las profes) me señalaba, como invitándome a romper el silencio que abrazaba como almohada. Y cuando estaba de mal humor, me amenazaba, apuntándome con el arma de la desaprobación.
Los únicos ratos en los que no me sentía presionado era en el recreo. Era mi paraíso. Ahí podía ser yo, no temerle a nada. Todos, en ese rato de ocio, éramos cien por ciento niños, y no dedicados alumnos, obligados a no perder la concentración para hacer una figura geométrica, pintar algún dibujo, o escribir los números del uno al diez.
En la primaria me aterraba la idea de lanzarme (entiéndase por cortejar, afanar) a una chica. Tanto así que me inventé hasta tres novias, las que nunca se enteraron que estuvimos juntos. Pero fueron ellas, en diferentes grados, las que me ayudaron -sin saberlo- a empezar a matar el roche. Utilizaba mis habilidades en algunos cursos para participar con mayor frecuencia en clase, y así, atraer la atención de las diminutas féminas que me hacían babear. Funcionó como lo planeé.
Lo que todavía no podía superar era la barrera que me impedía invitar a una chica a bailar. Era toda una odisea. Era un ir y venir hacia ella y de ella. Me animaba el verlas guapísimas (con un ropa que ahora ya pasó de moda), y con caritas inocentonas (ahora sé que muchas de ellas son unas dulces diablillas). Ese roche lo enfrenté en una fiesta de tercero de primaria y gracias a los empellones de una profesora, que sujetándome fuerte del brazo me jaloneó para colocarme frente a una compañera, obligándome con una sonrisa amenazante a bailar con ella.
Aunque me hubiese gustado debutar en la pista de baile con una compañera guapa, me agradó la sensación de menearme al ritmo del baile del perrito, pese a que Agripina era mi pareja de turno en el dancing. Luego salté a las chicas lindas, y el roche del bailetón se resolvió, gracias a la iniciativa de la chinchosa de la profesora “cara de huaco”.
En la secundaria tuve que lidiar con las exposiciones, aquel ingrato ejercicio de pararte delante de una clase poblada por jodido compañeros, porque el profesor se aburrió de preparar un tema y nos chantó el chiste de hacerlo. Recuerdo que mi cuerpo temblaba, sudaba, evidenciaba espanto. La cosa empeoraba cuando olvidaba lo que había memorizado en casa para decirlo de paporreta de clase. Recuerdo que olvidé narrar cómo es que Grau perdió en el combate de Angamos y lo hicieron héroe. Recuerdo que quise cubrir ese vacío con una historia de Popeye, pues suponía que todos los marinos hacían lo mismo.
El roche de intimar con una mujer, a diferencia de mis compañeros de clase, no la superé durante el colegio. Tuve que esperar algunos años para hacerlo. Recibí múltiples invitaciones para visitar el burdel que quedaba en la salida sur de la ciudad, pero me rehusaba, hecho cuestionado por los pipilólogos clientes en que se convirtieron mis patas como el chino Delgado, Pacho, Yuri, el Ciego, y otros más.
La fobia generada por la matemática me empujó a decidirme por estudiar en la universidad una carrera ligada a las letras, aquel refugio donde no tienes que batallar con los números. En la academia pre empecé a asesinar el roche de afanar a las chicas, pero no como aficionado tontón, sino con interés de carácter de Estado. Y lo hice, tanto que yo mismo terminé sorprendido, pues en la universidad (sorry chicas) hice gala de lo que había aprendido como autodidacta en el arte de conquistar mujeres.
La universidad me sirvió también para perderle el miedo a exponer. En verdad, ya había empezado en la pre, cuando una profe -rubia, de curvas infartantes y otras cosillas espectaculares e incontables- me pidió -acariciándome el cabello y mirándome fijamente a los ojos- que le contará a mis compañeros quién michi era Dante Alighieri y Giovanni Bocaccio. En una dije: sí profe.
Ahora soy periodista, y miro a todos por igual. No me da roche hablar con el presidente de la República, congresistas, ministros, o con mandatarios de otros países. Y que esto último no suene como que soy un tipo pedante. Lo que trato de decir es que el roche es vulnerable, podemos matarlo si nos lo proponemos. Pero ojo, el roche se pierde cuando estamos preparados para afrontar una situación sin temores… Recordemos chicos, que el roche no es Munra, el roche no es inmortal.
miércoles, 11 de marzo de 2009

Sus ojos preciosos son los culpables que frenara para verla de cerca, aquella primera vez en que nos cruzamos, hace poco más de tres años. Y aunque estas primeras líneas suenen románticas, no necesito remedar frases cursis para caerle en gracia a la peke, la causante que ahora esté escribiendo este post.
Ella es una de las pocas personas que lee este blog. Y yo, no por reciprocidad, leo el suyo (www.dulcepkdo.blogspot.com). Lo leo porque me atraen sus historias hot, esas que pretendo protagonizar con ella, pero que la peke ha sabido esquivar con el zigzagueo fugitivo de un ladrón. Ella es mi ladrona. Me robó el sueño, pero no el deseo de perderme con ella en medio del todo y la nada.
Acordamos en que ambos escribiríamos del otro en nuestro blog. Ella me adelantó y escribió sobre mí. Debo agradecerle no sólo los halagos mentirosos que anotó sobre el periodista que anhelo ser, y sobre la pasión desapasionada que le inyecto a mi trabajo; sino también por el deseo atrapado de escribir una historia hot inspirada en mí. No me rendiré tía.
Cada vez que leía su blog me la imaginaba haciendo todo aquello que describía con una memoria elefantiásica, sin dejar escapar ni un solo detalle de los encuentros furtivos que la enredaban bajo las sábanas. Y me la imaginaba porque no concebía que aquella mujer de apariencia diminuta y de rostro inocente, pudiese hacer todo ello que narraba. Era súper caliente.
Ella por su parte y ante la avalancha de jodas se blindó diciéndome a manera de pretexto que las historias hot eran ajenas, y no suyas. Pero claro, no le creí. Prefería seguir imaginándomela sedienta de placer.
En la universidad, por su don travieso, la bautizaron como la chica pecado. Para mí era un “dulce pecado”, par de palabras que fusionó y que luego llegó a utilizar en la dirección de su blog. Cuando trabajamos juntos en el mismo diario, coloqué -mismo coyote en busca del correcaminos- miles de trampas para atraparla, pero parece que las trampas eran marca Acme, que todas fallaban. Luego la peke se alejó del diario, y eran menos frecuentes las ocasiones en que podía descansar sobre sus ojos bellos.
Al empezar el año la peke viajó a Lima para una pasantía de un diario capitalino, ficho. Ahí ha aprendido algunos otros trucos de cómo hacer periodismo. La envidio. Y también la admiro. Sé que lo ha hecho bien porque la peke es buena, no sólo para escribir historias calentonas en el ciberespacio, sino también para redactar notas periodísticas.
Le pedí que se preparara para luego mecharnos en la cancha de preguntón a preguntona. Le dije que no le daría tregua, aunque sus ojos preciosos me lo pidieran. También le recordé que no declinaré en mi intención de seducirla. Hoy que falta poco para que deje Lima y pegue la vuelta a casa se anima la idea de verla nuevamente. Te espero, llámame…
Ella es una de las pocas personas que lee este blog. Y yo, no por reciprocidad, leo el suyo (www.dulcepkdo.blogspot.com). Lo leo porque me atraen sus historias hot, esas que pretendo protagonizar con ella, pero que la peke ha sabido esquivar con el zigzagueo fugitivo de un ladrón. Ella es mi ladrona. Me robó el sueño, pero no el deseo de perderme con ella en medio del todo y la nada.
Acordamos en que ambos escribiríamos del otro en nuestro blog. Ella me adelantó y escribió sobre mí. Debo agradecerle no sólo los halagos mentirosos que anotó sobre el periodista que anhelo ser, y sobre la pasión desapasionada que le inyecto a mi trabajo; sino también por el deseo atrapado de escribir una historia hot inspirada en mí. No me rendiré tía.
Cada vez que leía su blog me la imaginaba haciendo todo aquello que describía con una memoria elefantiásica, sin dejar escapar ni un solo detalle de los encuentros furtivos que la enredaban bajo las sábanas. Y me la imaginaba porque no concebía que aquella mujer de apariencia diminuta y de rostro inocente, pudiese hacer todo ello que narraba. Era súper caliente.
Ella por su parte y ante la avalancha de jodas se blindó diciéndome a manera de pretexto que las historias hot eran ajenas, y no suyas. Pero claro, no le creí. Prefería seguir imaginándomela sedienta de placer.
En la universidad, por su don travieso, la bautizaron como la chica pecado. Para mí era un “dulce pecado”, par de palabras que fusionó y que luego llegó a utilizar en la dirección de su blog. Cuando trabajamos juntos en el mismo diario, coloqué -mismo coyote en busca del correcaminos- miles de trampas para atraparla, pero parece que las trampas eran marca Acme, que todas fallaban. Luego la peke se alejó del diario, y eran menos frecuentes las ocasiones en que podía descansar sobre sus ojos bellos.
Al empezar el año la peke viajó a Lima para una pasantía de un diario capitalino, ficho. Ahí ha aprendido algunos otros trucos de cómo hacer periodismo. La envidio. Y también la admiro. Sé que lo ha hecho bien porque la peke es buena, no sólo para escribir historias calentonas en el ciberespacio, sino también para redactar notas periodísticas.
Le pedí que se preparara para luego mecharnos en la cancha de preguntón a preguntona. Le dije que no le daría tregua, aunque sus ojos preciosos me lo pidieran. También le recordé que no declinaré en mi intención de seducirla. Hoy que falta poco para que deje Lima y pegue la vuelta a casa se anima la idea de verla nuevamente. Te espero, llámame…
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