miércoles, 2 de junio de 2010

miércoles, 26 de mayo de 2010
Marifé se ha convertido en una fiel devota de san Puto. Cuando empezó, como una venganza a su ex enamorado, fracasó, pero ahora, la flaca, es una digna representante de la promiscuidad femenina. La otrora catequista, odia ir a misa los domingos, porque a diferencia de hace un par de años -en el presente, cuando va a una liturgia familiar- se duerme apenas aparece en escena el sacerdote, el mismo que la guiaba por la senda del bien, aquella a la que no le interesa volver.
La última vez que hable con ella, a la salida del cine, no reparó en decirme que ya no prefiere las relaciones serias, ni las cuasi serias, simplemente no quiere liarse con nadie que la joda, que le pinte pajaritos, pues lo único que buscan -agrega, filosofando- es hacer uso del suyo. Ella entiende que es mejor acomodarse al centro, en lo tibio, en el "ya pues" tumbado en la resignacion.
Marifé, sin duda, ha sufrido una letal metamorfosis, quizá la misma que Gregorio Samsa en la obra de Kafka. Y es que ella, antes de ser la chica fácil que es ahora, y después de la infidelidad del ex, había saltado de ser una chica exageradamente angelical e ingenua, a una, no satánica, pero sí de perfil político, como una congresista peruana, de las que hueveaba en el amor, de las que le importaba un pedo si el tío que la afanaba se iba de rumba sin ella, de las que no llama, sino espera que la llamen, y de las que rara vez dicen "te quiero".
Ella, eliminó en mí, toda duda sobre los cambios en el ser humano. Me dio una lección, como profesora de primaria que te explica los ejercicios de matemática con naranjitas y deditos. Pero Marifé no fue la única que remedó a Optimus Prime. Fito también lo hizo.
A Rodolfo, osea Fito, lo conozco desde que nuestras madres se encontraban en las fiestas de chibolos, y nos cambiaban los pañales en medio del tono, arruinando el deseo de los más grandecitos de comerse la mazamorra. Tal véz no juntos, pero sí en paralelo, Fito y yo, empezamos a gatear, y luego de algunos -no pocos- tropezones, llegamos a erectarnos y caminar. Tambaleábamos, cual porfiados (díganme que se acuerdan de los porfiados, a mí me caían de putamadre), hasta que logramos estabilizarnos, para aventurarnos luego a correr.
Es decir, Fito y yo, sabemos que es pasar por transciones juntos, o casi juntos, porque hemos vivido -de siempre- en el mismo barrio, y hemos cambiado nuestro rostros limpios, por unos con moretones salpicados, eso cuando habían broncas con los muchachos de la otra cuadra, y nos liábamos a golpes, porque no querían pagar la apuesta que ganábamos en la pichanga.
Pero bueno, para no hacerla más larga. Hace media hora, me enteré -después de preguntar por él a mi mamá- que el calzonudo este se había comido el cuento que era un buen samaritano, e ingresó al Seminario: ¡¡¡quiere ser sacerdote el recon...!!! ... Joder Fito, que para ser cura se necesita tener "super extra archi recargadas" fuerzas de voluntad, y tú, mi querido amigo, no las tienes. No es que dude que tengas un par de cojones bien puestos, sino que justo por esta última razón, y por las chicas con las que te haz liado (fácil, unas cincuenta, desde que perdiste la castidad) es que no concibo que quieras dejar las farras mundanas por infinitas horas de soledad y abstinencia.
- "Es que quiere servir al señor, Dios lo ha llamado", me responde mi madre, ante la carcajada estruendosa que solté, enterado de la osadía de Fito.
Diciendo esto, me expongo a que Fito -en algunos años- me calle la bocota de una trompada, y después de varias noches sin darle uso a su compañero adjunto, se reciba de sacerdote y oficie misas para -colmo de la ironía- en la parroquia del barrio, de la que se escapaba para camuflarse en la parte posterior de esta, y defender su título de pajero, en aquellas contiendas donde ganaba aquel que -cual jabalina- hiciera llegar más lejos el chorrito desesperado que salí de su interior, tras un masaje efusivo de ya saben que.
Renata, es otra buena amiga, oprimida por las transiciones. Ella, que siempre se consideró una linda mariposa multicolor, le apestaba la idea -aunque fuese sólo una idea- de que en esa alucinación suya, antes tuvo que ser un simple gusano. Gustaba, como toda chica vanidosa y coqueta, que los chicos la silbaran (guiguiuuuuu, o algo así) cuando lucía unas menudas minifaldas que dejaban escapar sus piernas carnudas color café.
A la morena, la vida me la presentó en la academia pre, cuando nos preparábamos para postular a la universidad. Sus padres no nadan en monedas de oro, como Mac Pato, pero sí tienen su "sencillito", lo que le permitía a Renata ufanarse de lo que el resto de mortales de 17 años, carecíamos, como plata -en cantidades envidiables- en los bolsillos. Recuerdo que cuando nos cruzamos por primera vez en las escaleras de la academia, ambos corríamos presurosos, porque podíamos llegar tarde a clase, y perderla. Fue así, el profe no nos dejó entrar, y ella, toda una Lady, le increpó por esa orden, enrostrándole que su sueldo es la suma de lo que nosotros pagábamos al dueño de la academia. En cristiano, lo que le quiso decir es que era nuestro subordinado, que se deje de huevadas y que nos permita ingresar a su maldita clase de Razonamiento Matemático. El profe pelotudo, cedió. Pero sólo la dejó ingresar a ella.
Renata, la misma que vivía en un departamento de lujo y cuyo padre solía comprarse un auto cada año (no es que coleccionara, sino vendía el anterior para comprarse el nuevo coche), ella merita, ahora vende hamburgesas en las afueras del colegio de mis sobrinos. Cuando la vi hace una semana, tuve mis dudas, no podía creer que la "chica pituquita", fuese la misma mujer con buzo y mandil que veía en ese instante. Y no es que me parezca denigrante que ahora venda hamburgesas, sino que era inevitable preguntarme qué sucedió, qué motivó que la arrancarán de su mundo para clavarla en otro desconocido.
- "Me enamoré, me casé, y ahora tengo tres hijos", me cuenta, sin mirarme a los ojos, mientras yo, no sé si celebrar que haya formado su propia familia, o darle el pésame porque no concluyó la carrera de Medicina Humana, por la que tanto sus padres anhelaban.
- ¿Y conozco a tu amor?, pregunté, incómodamente curioso
- "Claro, es Rogelio", contesta, y mi quijada se derrumba como las Torres Gemelas, The World Trade Center. Y es que Rogelio, en la academia, se ganó los aplausos del auditorio por ser el más persistente e irritante "afanador" de Renata, cada vez que ella lo largaba con una frase hiriente, de esas que te hacen papilla el corazón. Pero el hombre, que para efectos de no sonar anticuado, se hacía llamar Rogger, no flaqueaba. Ahora que veo a Renata, advierto que la peregrinación valió la pena, para el choche que no logró ingresar a la universidad, pero que se ganaba la vida vendiendo de todo un poco.
Supongo que la vida es así, como la de Marifé, Fito y Renata, y como la mía y la tuya, que ahora lees este post. Esta es una vida poblada de transiciones inesperadas, de metamorfosis no planeadas, de proyectos de futuro secuestrados y de deseos amordazados. Que el presente ya es pasado un segundo después que lo mencionas, ya nada es estático, y nunca un sentimiento será eterno...
PD:
He vuelto después de unos meses, pero tomemos este reencuentro como una segunda temporada de SIN TERNO Y CORBATA. Y para aquellos que recién nos visitan, bienvenidos, siéntanse a gusto...
viernes, 19 de marzo de 2010
Hice, sin quererlo, un paréntesis. Abrí y cerré un espacio vacío por culpa del hueco que habla, de las ganas de querer descansar y no estar frente a la computadora un segundo más, porque las energías que recargas a medias por la mañana se agotan después de varias horas de estrés y miles de minutos de lucha contigo mismo. Pero este paréntesis en el blog me dio un espacio para respirar y pensar que tengo cosas pendientes por resolver, cosillas que empecé y no terminé, situaciones que ya son horas de regalarles un punto final.miércoles, 17 de febrero de 2010
domingo, 14 de febrero de 2010
miércoles, 3 de febrero de 2010
Paulo Coelho, además de ser uno de mis escritores favoritos, es un tipo con el que congenio en el anonimato natural de sus lectores. Quizá yerre en la precisión de la idea, pero Coelho decía no temer a las dificultades, lo que le asustaba era la obligación de tener que escoger un camino, pues al escoger uno tendría que abandonar otros.
Y sí que tenía razón. Y es que no podemos tener todo a la vez, no podemos, aunque le recemos a la colección de estampitas que hay en casa. Muchos quisiéramos tener los brazos del hombre elástico para atrapar todo lo que nos signifique alegría, pero nos vemos reducidos a las patas superiores de un Tiranosaurio Rex, que distante a cualquier muestra de aprecio, devora y asesina.
A veces, decidimos pegar la vuelta porque tenemos los cojones encogidos. Y a veces, sólo a veces, nos quedamos parados en el mismo lugar, por la misma razón. Es que la vida jamás dejará de ser compleja, arrinconándonos al punto de decidir, sin excusas dilatorias.
Desde que Ericksan partió en junio del 2006 he visto a muchos irse, a caminar lejos de mi. Y me pregunto si es porque ellos lo decidieron, o yo permití que fuese así. Me pregunto si en verdad conspiré con mis miedos, y los dejé partir. O acaso me coloqué un salvavidas de cemento y me hundí sin saberlo.
Vi a un angelito irse cuando debía estar ahora envuelto en pañales, rompiendo las cosas de casa, y hablando conmigo, que había estudiado en ciclo intensivo de “bebitoñol” para comunicarme con él en charlas de biberón. Lo envidió, él ahora duerme entre las blandas nubes junto a Ericksan, y yo, en un colchón encurvado, que ojalá pueda cambiar pronto por el bien de mi espalda y el ahorro que implicaría no ir más al masajista.
Vi subirse al bus a quien huía de un amor imposible, esos de novela mexicana, esos donde los protagonistas tienden a llorar en el 95% de los capítulos, esos por lo que se luchan hasta que las fuerzas ceden o los miedos espantan, esos por los que no está aquí, y sonríe ahora al lado de quienes lo quieren.
A Ceci, una colega periodista y mejor amiga, la veo a diario por la tele en un noticiero de cobertura nacional, y recuerdo nuestros inicios en la prensa en la Radio Universitaria hace diez años. Celebro que Ceci esté donde está, que haya escalado como lo ha hecho el flacuchento de Christopher, otro amigo de inteligencia incalculable y pendejada envidiada por la elegancia, y que desde hace dos semanas está pasando una temporada en Washington, en Georgetown University, junto a un grupo de jóvenes líderes de once países de Latinoamérica.
No sé, pero pareciera que estoy peleado con los cambios, y es que llevo cuatro años trabajando en el mismo diario, sentado frente a la misma Mac donde todos los días redacto mis notas y los miércoles escribo los post para el blog, como este.
No apuesto por empezar de cero, es más, no suelo hacer apuestas. Supongo que algo cambiará a la vuelta de la esquina, o a la vuelta del mundo. Resta poco para licenciarme y quizá emprender el vuelo a otra tierra, a dejar la Mac que tecleo ahora, y despedirme de los amigos que perdí, y los que conservo también.
Un SI o un NO pueden cambiar nuestra existencia. Lo fue desde que Eva se comió la manzana con Adan hasta hoy que pisamos un paraíso infernal. Mientras, yo sigo aquí, plantado… Ya me iré, al norte o al sur, no os preocupeis…
miércoles, 27 de enero de 2010
miércoles, 20 de enero de 2010
Desde el colegio, hace once años, cuando fui expulsado del gimnasio por el flacuchento del profesor de Educación Física, que no ingresaba a uno. Y por eso, la decisión de apuntarme me costó algo, pero aquí estoy, presto a bajar los kilos que me exceden y me joden.
No sé cómo describir -sin equivocarme- esta sensación. No me jode que me llamen gordo, pero sí me caga comprar polos XL y no M, como lo hacía hace algunos años. Pero reflejarme ante el espejo me acorraló, animándome finalmente a dar el paso, a pagar para que un instructor me martirice, y me diga: haz esto, haz lo otro, aquello, y eso también, todo con la jodida y malévola intención de volver a ser el de antes.
Recién llevo dos días y aunque los efectos de los ejercicios asesinos aún no surten efecto en mi panza, debo admitir que los dolores musculares ya aterrizaron sobre mi maltrecho ser. Es diferente jugar fulbito todos los fines de semana a ser chancado por la rutina del gimnasio. Ya lo entendí.
Este, hasta hace algunos meses, no era un plan que admitiera pensarlo siquiera, pero la mala facha que aparento en las fotos del facebook, y los perfiles desbordantes reflejados en los cristales de las tiendas, me empujaron a tomarlo en serio, tanto así que le recordé a una compañera de trabajo la propuesta de ir al gym -que me hizo bastante tiempo atrás- y atracó. Ella luego convenció a un amigo en común, también subido de peso, y los tres nos hacemos compañía en esta travesía con puerto incierto.
Pero más allá del martirio de la bicicleta, los abdominales y las pesas, el gimnasio es un mundo aparte, es una isla incrustada en una sociedad que no tolera los gorditos, o la intención de engordar, es una galaxia de extraterrestres ansiosos de volverse humanos.
“Subir de peso es fácil, bajar es lo jodido gordo”, me dice Yeka, mi compañera de chamba, que aunque yo noto que no está gorda, ella entiende que sí. Y me lo dice mientras busca consuelo en el cansancio y el dolor de los abdominales que resiste con poco aplomo, y de los que quiere huir por ratos.
Sandro, colega de contextura gordilla, camina pausado, porque dice que está a punto de perder la razón. Hizo cuatro series de quince abdominales y está hecho trizas. “Me duele todo, hasta cuando estornudo”, me dijo hoy por la mañana cuando nos encontramos por la calle.
Yo, por mi parte, alivio mi desánimo viendo cómo otros se esfuerzan, algunos con la misma intención que yo, y otros no sé por qué michi lo hacen. Y es que hay chicas delgadas que sudan la gota gorda por verse “regias”, y tíos que buscan reforzar su musculatura, y los exagerados, que teniendo punche como cancha, quieren más. No jodan pues, que yo sufro por bajar de peso, y ustedes, que están delgados, quieren jugar como plastilina con sus cuerpos. Sí que me hacen sentir un apestado, y no por el sudor de una hora y media de rutina, sino por verlo ahí, distintos a mí.
Lo que no medí al momento de apuntarme al gimnasio fue la comelona. Ya saben, nada de grasas, harinas, chelas, gaseosas y todas esas cosas que te cagan. En adelante, full ensaladas, frutas y agüita todo el día. Bueno, un té helado o un hidratante después de los ejercicios.
La mía no es una dieta estricta de top model, pero sí una receta que -cruzo los dedos- comprendo funcionará en su momento, ojalá y no tan distante. No me desespero por ver mi abdomen descender, me desespera la maldita idea de verme correr, aún gordo, huyendo del gimnasio, rendido… No me ganarás panzón, voy por ti…
miércoles, 13 de enero de 2010
miércoles, 6 de enero de 2010
miércoles, 23 de diciembre de 2009
La semana pasada fui a visitar a Georgina (antes Jorge) y mientras me cortaba el cabello en la estética del barrio donde me crié de niño y oía (sin querer oírlo) los chismes calentitos de la semana, noté -aunque parezca absurdo decirlo- que el tiempo había corrido frente a mí y que no había reparado que me superó. Mis ojos posados en el espejo me sacudían para gritarme que ya no era aquel universitario disparatado, con ímpetu de ciclón y con miedos de bebé.A los veintisiete años soy el padre de dos niños, y el amigo de Manu y Luna, soy aquel que decidió y por el que decidieron, soy quien más de una vez se sintió en el limbo, a un paso del infierno (con reducidas posibilidades de escapar e ir al paraíso), pero que resucitó. También soy el jilipollas que se cansó de esperar las líneas que nunca llegaron. Y en lo físico, para ayudar a los rajones, soy el gordo que triplicó su tonelaje y que extravió su cuello reemplazándolo por una papada espantosa, soy el tío que (vamo´ que lo diré porque el EGO me sopló) perdió su encanto.
Había planeado dejarme el cabello largo (señal inequívoca del tiempo transcurrido), pero Manu -con la sutileza que lo engalana y que adoro- me pidió -con seis años a cuestas- arreglar el desorden de las greñas. Y es que la situación lo ameritaba: era su fiesta de promoción del kinder, y papá no podía ir a la gala con terno y con pinta de mamarracho. “Sería bueno que te cortes el pelo para que te veas mejor”, aconsejó Manu, por lo que cedí rendido.
Luna, fascinada con la muñeca que le obsequiaron en la chocolatada de la empresa donde trabajo, jugaba a ser mamá, figura imaginaria que no me animo a dibujar todavía, incluso ahora que aprende a pedir “pichi” al haber superado un año y seis meses desde que se mudó del mundo de los angelitos a este mundo, tan hermoso como cruel.
Este fin de semana, posiblemente nos reunamos los chicos de la universidad, los amigos que coseché mientras hacíamos pendejadas entre aulas. La Navidad ha servido de pretexto para juntarnos. Pero la idea es también cruzar miradas con nuestros hijos, entre pañales, pantalones cortos y ecografías por mostrar.
Laura, es posible que no nos acompañe, pero fue ella, de los chicos del grupo, la primera en dar el salto a ser madre, y nos trajo a Fabricio, su primogénito, el que vigilará los pasos de la pequeña Luana, su hermana menor, y que por cierto tiene unos ojos preciosos, distintos a los de la legañosa de su madre (se te quiere Paucar).
El siguiente en convertirse en padre -si mis cálculos no me engañan- creo que fui yo, con Manu, angelicalmente diablillo y travieso como sólo él puede ser. No tan lejos a esta descripción está Luna, mi segunda hija, bella e inimaginablemente traviesa e inteligente, sobre todo cuando explora.
Giancarlo, a quien suelo ver ocasionalmente presentando las noticias en la tele, secundó nuestros pasos, y nos regaló a Gabriel, su heredero (ojalá ahorre para que le herede algo). Hace tres meses me contó que sería padre por segunda vez, y aunque su abdomen prominente advertiría que él es el embarazado (disculpen la deformación), es Hellen, su esposa, quien está en la dulce espera.
Geancarlos, el pajarito Nazario, aquel tío de voz aguda y apendejada, también se convirtió en padre. Su nena, Akemi (nombre natural de la santa tierra de Olmos), lo ha transformado como a todos. Ahora es director de una productora, y le va bien, y me alegro por él. La última vez que lo vi fue en el matrimonio del chino Rogger, otro amigo de la universidad, que se alista para ser papá. “Chipinopo” -como llamamos a Rogger- espera la llegada de su chinita para abril, y cuenta los días para que la ecografía que se sacó su esposa Analí hace unos días se convierta en llanto nocturno.
Frida, nuestra eventual anfitriona en el reencuentro del fin de semana, también es mamá. Milena y Alberto son los culpables de que sus días se iluminen, incluso en las noches oscuras. Ella abraza la alegría de sus hijos al tiempo que trabaja con su esposa en una productora de televisión.
Andrés no estudió con nosotros en la universidad, pero es parte del grupo. Andrés es el hijo de Iván, el chato que ve como su único ñaño le pinta los días de colores, y lo recarga de energía para ir a joder a una radio nacional, donde trabaja como locutor de un programa -dicen- “oidito”. Pocas veces he oído al chato, pero tomando como referente la joda que hacíamos en la universidad, y conociendo el punche que le pone a las cosas que hace, deduzco que lo hace de puta madre, tan igual como los reportajes del magazine donde trabaja con Frida, su directora.
Patty, nuestra Patty, será mamá pronto (yeeeeeeeeee). La gordis compartió su alegría con nosotros hace un par de meses, cuando nos encontramos para comer una pizza con Rogger, pizza que por cierto, la estrenada mamá devoró con la prisa que le sugería el sobrino en su vientre.
Se ha cerrado el círculo, y la maternidad con la paternidad nos ha abrazado a todos los “Chilocos” (así nos bautizamos en la universidad, en otro post explicaré por qué). Nos reuniremos para recordar lo que vivimos, para palpar lo que se fue y se quedó entre nosotros, para contarnos cómo nos va como padres, para recordarnos que el tiempo seguirá corriendo frente a nosotros, y que la base tres se asoma para algunos, y chismear sobre lo que hasta hoy no sé. Otra vez el tiempo…
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Si otros mienten, y uno mismo lo hace, por qué entonces confiar en los demás, por qué creer a ciegas en los que aseguran hablarte siempre con la verdad, desprendidos de la censurable mentira. Acaso hay alguna cláusula en esta suerte de contrato amical, que garantice que tanto ellos como tú, deben decir siempre la verdad. Pues no.Se habla, tras el escudo cómplice y apendejado de la excusa, que existen mentiras piadosas pintadas de blanco, esas que sí pueden ser disculpadas, luego de un menudo esfuerzo de explicar qué las motivó. Pero en el menú también figuran las mentiras oscuras, las negritas, de esas que nadie perdona, las fabricadas en laboratorio como el célebre Maquiavelo, las que tratan de ser indultadas -con mediano éxito- con la defensa de la imperfecta naturaleza humana, la que nos da licencia de cagarla con la perfecta naturaleza animal.
Pillar las mentiras tras un beso, después de un paseo por las nubes, o escondidas en un abrazo, es amordazar la felicidad o simplemente la pasividad del día, y de las semanas o meses que acompañarán la rabia por fiarte de alguien que te pateó el culo en un descuido consentido.
Sin las mentiras, los sacerdotes no tendrían chamba, los confesionarios no tendrían inquilinos y, las parroquias, mochileros de turno. Tampoco habrían baladas que le canten a las decepciones amorosas, y Magdalenas que le lloren a los discípulos de Juan Tenorio, aquel tío que cultivó el hobbie de llevarse a la cama a cuanta chica se le cruzara en frente, incluso a la hija de la tía que vende uva Italia en una triciclo.
Sin mentiras no existirían las verdades, y menos los santos retratados en estampitas, no habrían héroes sacrificados, ni pendejeretes, ni calzonudos, ni tú, ni yo.
Si las mentiras no tuvieran vida -como se ha demostrado en la práctica- mucho menos la tendrían los secretos que solemos guardarles a nuestros amigos, que ocasionalmente nos mienten.
En el juego de la verdad y la mentira, puedes pasar de ser un buen tipo a un reverendo pendejo, o una casquivana muchachona de bragas insostenibles en la cintura. Y es que carajo, entiendan, la mentira es una herencia indisoluble, que a pesar del esfuerzo por no acogerla en casa, penetra nuestra debilucha voluntad de ser buenitos.
Las mentiras suelen ser esculpidas por los villanos que ennoblecen a las víctimas embaucadas, las que a su vez revelan el mal hábito de los primeros de mentir compulsivamente sin mediar razón.
Pero qué nos lleva a mentir, acaso el miedo de no ser comprendido, o la joda porque te carguen con bromas pesadas durante una semana completa por la verdad que te ridiculiza o crucifica. Pareciera que al desnudar la mentira, nos acojona el hecho de mudarnos con nuestra soledad a una casa vacía donde es inútil esconderse bajo las mantas.
Admitir que vas a un hotel con alguien que no es tu enamorado, o que lo es hace una semana o tres días, es una verdad que amerita ser escondida tras el muro inmenso de la mentira. Lo es tan igual decirle al auditorio de chismosos que eres la trampa de alguien, o que trampeas con alguien.
La mentira sirve también para eliminar cualquier sospecha que haz roto las reglas, que te haz visto doblegado en el intento de cumplir los mandamientos de Moisés, y sortear la condena divina que te expone ante las miradas.
Las mentiras están predestinadas a superar las generaciones presentes y las que vendrán, parecen ser inmortales, y como tal, lo único que nos resta es aprender a convivir con estas, porque de eliminarlas de nuestra rutina, pueda que algunas verdades a medias arrojen el disfraz, y terminemos jodidos… Además, todos mienten, hasta tú.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Quienes me conocen, y aquellos que están en proceso, saben que gusto de mi trabajo, de charlas amenas con amigos y amigas, salir a chelear, joder, y no ir a misa, pese a que el monseñor Moliné es muy buen amigo mío.
Gusto también estar con mi familia, con mis hijos, y jugar con ellos los sábados que descanso y no voy a la chamba. Bueno, esto por la mañana, hasta antes de ir a las clases del curso de especialización en el que me apunté para aprender un poquito más del periodismo, carrera loca que practico con mediano éxito.
La coquetería, pese a que no soy un modelo de revista, ocasionalmente me acompaña. La paciencia siempre está conmigo, incluso en momentos inusitados, de esos que te provocan mandar al carajo a todos.
Y es que así soy, de caminar pausado y mirada rápida, jodido, cagao (a veces)… ayúdame con algunos adjetivos (espero comentarios)
miércoles, 14 de octubre de 2009
Ya no quiere verle el trasero a una mujer cuando se va, o las bubis cuando se escapan por el escote de la blusa, o resaltan por debajo y encima de esta, asesinando los botones acojonados por las formas nada ingratas de la naturaleza que algunas de ellas lucen. No quiere confundir los gestos o palabras amables, y creer -con una montaña rocosa en los ojos- que la cortesía es en realidad coquetería, o una forma de ellas de decirle que hay chance de chapar, tirar o estar.
Hueverto no es tan hueverto como su nombre lo delata. Es más, nunca lo fue. Creo que al tío lo parieron pendejo, y desde los pañales empezaron a pulirle el don de conquistador compulsivo.
A Hueverto, quienes lo conocen por primera vez, no se animan a llamarlo por su nombre. Les paltea, suponen que puede joderle. Incluso, algunos, para ahorrarse el roche, lo llaman simplemente H. Y es que nadie se explica por qué sus padres decidieron llamarlo así. Nadie entiende si aquello fue un homenaje al abuelo que murió, un error del tipo que registra a los recién nacidos (parece que quisieron llamarlo Humberto), o una venganza del papá porque la madre le fue infiel.
Aunque Hueverto es un nombre que distrae, porque lo relacionas automáticamente con un tipo caído del palto, medio cojudón, incapaz de maquinar con mediana inteligencia alguna maldad; algunas de las chicas que se vinculaban con este coleccionista de relaciones furtivas y calientes, le cambiaban lo que en apariencia era una chapa, y aterrizaban sobre él, el nombre de sus ex enamorados. A Hueverto no le molestaba que canjearan su nombre por otro, que camuflaran el mal gusto de sus padres con maquillaje social. El tío podía tolerar todo con tal de un affaire.
Pero Hueverto quiere cambiar, dejar de ser lo que el espejo le reprocha. Planea, con bajas posibilidades de conseguirlo, ser un chico de bien, no cagarle la vida a ninguna mujer más. Le cuesta arrancarse las prendas de jugador, no a cambio de una túnica de religiosa, pero si por la de un tío bonachón.
Ha pasado una década y media desde que Hueverto inició una vida casquivana, de paseos desnudos por camas que las estadísticas perdieron registro, de besos apasionados y nada reticente a los estrujones bajo las sábanas. En los últimos dos meses ha liado con al menos ocho chicas, un promedio no ajeno en su record seudo olímpico.
Y si bien Hueverto por mucho tiempo se presentó como la antitesis de un Romeo enamorado, el tío también se enamoró, tuvo su Julieta, su reina, y dejó de ser aquel tipejo por dedicarse a exclusividad a ella, a la mujer de sus ojos, a la luz en medio de la oscuridad, al amor abrazado del placer. Fue en ese espacio en que sus pensamientos dejaron de ser gris y hablaba con el corazón, amordazando a los diablos alojados bajo la cintura.
Hueverto está decidido, quiere ser aquel otro del que las chicas pueden enamorarse sin miedos. Quiere, y luchará por hacerlo, enterrar las mentiras y sembrar verdades.
Vale, que no pretende convocar a cupido, ni pondrá avisos en los diarios, pidiendo que ella, sí, ella, llegue. Que no le ha visto el rostro en sueños, ni se lo imagina, sólo sabe que algún día cruzará sus huellas por la misma playa por donde camina ahora en solitario.
Se promete, y les promete a ellas aunque no lo escuchen, que no volverá a insinuarse con alguien del género femenino (guapa, claro está) con las intenciones que Benedicto XVI repudia y que la finadita Santa Teresa de Calcuta, censura. Se esforzará al máximo por no afanar al vacío de su corazón, y sin ánimos de convertirse en un cascarrabias, caminar pausado aunque a veces haya prisa. Si escuchan de algún Hueverto haciendo travesuras bajo las faldas, no os preocupéis, que ha de ser un homónimo…
miércoles, 30 de septiembre de 2009
La mañana del último domingo había planeado no ir a clase de titulación en la universidad, para aprovechar las horas que ahorraría, yendo al diario donde trabajo para avanzar con una chamba, y ganar tiempo e ir al encuentro de los chicos. Eso hice, los cálculos no me fallaron.
Cuando llegué a la avenida Balta era imposible no escarapelarse. El que no sentía la piel de gallina no era del Sanjo. Ver aquella calle repleta de sanjosefinos y oír la banda de música entonando el himno granate era ciertamente conmovedor. Llevo once años fuera del cole, pero cada último domingo de setiembre, la sensación es la misma, y la vez distinta, cuando abrazamos los recuerdos tejidos en aula, y bueno, también fuera de esta, con las broncas a puño limpio en Los Parques, o después de cada partido de fútbol -y pocas veces de basquet- con los rivales de turno.
“Pacho” fue el primer tío al que encontré en Balta y llevaba consigo la banderola que mandamos hacer con el nombre de la promoción 1998. Charlamos, le pregunté por algunos de los muchachos, y me dijo que estaban en camino. Nos separamos por unos minutos porque él tenía que buscar a su papá -también sanjosefino- y yo, debía concretar una entrevista con un político que había pactado un día antes.
Al rato me crucé con “El Ciego”. Ya no usa esos anteojos con vidrios de poto de botella con los que lo jodíamos en clase, sino lentes de contacto. Ahora es psicólogo, cuando de alumno este tío tenía el don de enviar al manicomio a cualquiera, hasta el propio Job habría caído rendido, pues su paciencia no habría tolerado al buen Elard Arnaldo, El Ciego.
Luego que el Ciego me puteara por no vestir de terno y no desfilar, y tras justificarme por la lesión en la pierna, fuimos al encuentro de Pacho, y en el camino encontramos al frentón de Giorgio, que después de seis años que rompió mis lentes, no se digna en pagarlo (y dudo que lo haga luego, ya le he perdonado). Giorgio tampoco desfilaría -vestía sport como yo- pero en su caso era distinto, había regresado de viaje apenas una hora antes de ir al desfile, y no tuvo tiempo para sacar del closet el saco y la corbata.
Poco después encontramos a Paco, Sachún, Pikichaki, Chancafe, Milton y Beto. Empezamos a recitar las jodas de colegio, y cagarnos de risa, por las derrotas y los triunfos en las broncas, los afanes frustrados, las torpezas en clase, en fin. Hasta que apareció Manolo, y recordamos cuando después de una paraliturgia en el aula de segundo de secundaria, se lió a golpes con Eduardo, “el mongolo”, y el tío cayó en los primeros dos toques. Recordamos cómo Manolo salió huyendo despavorido del aula, pensando que le había matado, que Eduardo no resistió el enfrentamiento, y el mal cardiaco que padecía lo hizo caer en medio del ring que acondicionamos, post acto religioso, cuando nos dimos la paz.
No podía quedar fuera aquel día cuando el Ciego hizo el ridículo y las tres cabezas que le llevaba de ventaja al “Chino” Delgado Aquino, le sirvieron de nada para defenderse del chato que le sacó la mierda a punta de puñetes en la cara, empinándose.
Nos acordamos de los profesores y de la costumbre de estos de cobrarnos por facilitarnos los exámenes o aprobarnos en los cursos con el único esfuerzo de pagarles un sencillo (lo hacíamos sólo con los cursos cagones, no con todos). Nos reímos de la frescura cómo los profe nos sugerían ir a un local camuflado en la “cachina” para las clases especiales.
Esperamos que desfilaran las promociones que nos antecedían para que mi promo del 98 hiciera su ingreso con la banderola que no todos pagaron (paguen la cuota carajo).
Pillamos en el camino a Yuri, que estuvo un año por Inglaterra trabajando y regresó a Chiclayo con varios kilos menos de peso, ahora ya no podíamos decirle gordo, o quizá sí, pero por cariño a los rollos que nos acompañaron de primero a quinto de secundaria en la sección “I”. Con el gordo, recordamos cuando le hicimos mierda su casa, cómo dejamos su cocina llena de comida desperdigada, y los empaques del shampú, dentrífrico y papeles quemados. Él, con pana, nos sacaba pica porque no logramos atraparlo para depilarlo a la fuerza como lo habíamos planeado con el resto de chicos, en venganza a las maldades de Yuri con los inocentes.
Los saludos a nuestras madres estaban a la orden del día. La Rosa, La Feli, La Maru, La María y otras más también desfilaron, no orgullosas por la distinción. Y las ex enamoradas de los chicos no pasaron piola, también fueron chancadas, pese a que algunas esposas y novias vigentes nos acompañaban en la charla.
Juro, y no miento cuando lo escribo, que quise llorar al sentir sobre mi piel el coro del himno y la marcha sanjosefina. Rejuro por lo que más amo, que volveré el 2010 y, aunque este año no lo hicimos, lo haré para chelear en la calle, en la esquina, sentado sobre una caja de cerveza, acto que posiblemente sea censurable, pero que me importa menos que nada cuando el San José cumple años. Coco, Pacolo, puta madre tíos, no falten el otro año…
miércoles, 23 de septiembre de 2009
“Ese cdsm terminó con tu hermana”, le dijo furioso a Javicho su papá, hablándole de quien ahora podría decirse es su ex cuñado. La hermana de J, Renatha, descubrió que su esposo le era infiel, y Javi, ayudó a identificar a la causante de esta historia, penosa para la familia del tío, y feliz, para los nuevos enamorados, supongo.
J le dijo a su papá que lo entiende, que también se sentía mal, porque comparte el dolor de su hermana. Le pidió no desfallecer y retomar fuerzas para animar a su hija, que ahora, como cuando era niña, lo necesita para sacarla de aprietos, un aprieto bastante grande.
A Javicho, su viejo le pidió llamar a su hermana. Y lo hizo. Timbró hasta en tres ocasiones y no respondía. Comprendió que no quería hablar con nadie, ni oír consejos que en este escenario se pintan de estúpidos. Sin embargo, insistió. Ella le contestó con la voz delatora del llanto. Ahora era J quien no sabía cómo abordarla.
La mala costumbre de no telefonearse seguido la hacía sospechar a Renatha que Javicho la llamaba por algo importante. Y en verdad era así. Le importaba saber cómo estaba ella, si había dejado de llorar o aún lloraba por la ruptura unilateral de la relación.
“La vida nos trata bien y mal. Pero cuando nos trata mal estamos obligados a enfrentarla y ganar”, le dijo Javier a Renatha ensayando un consejo salido del afán de consolar a mi hermana. “Gracias hermanito”, contestó ella, tratándolo con una ternura que afortunadamente no abandonó cuando saltó de niña a mujer y que Javi degustaba cuando ambos éramos infantes.
Cuando Javicho -después de la pichanga del sábado- me contó este avinagrado episodio terminé de convencerme que ciertamente todo, absolutamente todo lo que empieza, en algún momento termina. Algunas historias toman un atajo y se van al diablo antes de lo esperado. Otras, le dan largas a la vida, y en una lucha encarnizada entre las alegrías y tristezas, llegan a pintar canas y modelar arrugas.
De regreso a casa, y mientras me duchaba recibí la llamada de Paco al celular. Me pidió que nos viéramos por la noche y así fue. La charla con Paco me ayudó a redondear la idea del inicio y el fin. Paco, hace menos de un año se pegó una tremenda borrachera, luego que su entonces enamorada lo cortara. Pero el fin de semana, una película romanticona lo llevó de regreso al pasado, torturándolo.
“Te pienso a las seis y quince de la tarde de todos los días como cuando tomamos el último café lejos de donde nos conocimos. Te veo en todas las malditas calles por donde caminamos y corrimos, en sitios anti románticos donde también compartimos ratos juntos. Y me pregunto por qué terminó, por qué carajo esta historia también tuvo que llegar a su fin, cuando habíamos planeado atajarla a mitad de camino y bloquear todas las rutas que llevaban al precipicio”, decía un párrafo escrito por Paco que me prestó para transcribir en este blog, y que lo escribió después de ver la peli y recordar a Dariana, su ex.
Pese a los lamentos de Paco, y al ánimo del tío de repetir la bomba chelera, entendí que el fin suele ganarle la batalla a las historias que navegan viento en popa.
Habría que preguntarse cómo carajo él se olvidó de pronto arrancar una flor de un jardín extraño para llevárselo a la mujer que dice amar. En qué momento perdió el interés por cometer una locura de amor. Cuándo es que se dijo “nunca más compraré un peluche”. Por qué ya no la invita a ver una lluvia de estrellas o simplemente, la luna estacionada. Qué sucedió para que el amor se derritiera y el fin reinara. ¿Qué pasó?...
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Cuando nuestros padres -por una fijación inexplicable- empiezan a emparejarnos de niños, con la vecinita de lado o la hijita del mejor amigo, hacen de este ejercicio casero, inofensivo, y hasta cómico, un ensayo de lo que vendrá luego, pero sin ellos como protagonistas secundarios. La fotito con la amiguita o el bailecito en un cumple mazamorrero, suelen ser los primeros pasos para complotar contra el destino y manipularlo, hasta el punto de crear maquiavélicamente una relación que desde antes de partir, se sabe aterrizará en la nada. Aquella época llega a nuestros recuerdos, luego que nuestros padres nos cuentan lo vivido de bebos, o nos muestran algunas fotos que testifiquen esa primera y kamikase relación de pañales.
Como los papis despertaron en ti el apetito de acercarte al sexo opuesto, es que -con comprensible y desmedido temor- tratas de galantear, al mejor estilo de un inexperto graduado, a la niña que resalta por encima del resto de tus compañeras de aula en la primaria. Lo jodido es que tienes competencia. No eres el único que procurará robarse la mirada de la niña bonita. Y será entonces, cuando decides tirar la toalla y mirar de lejos cómo otros la afanan, o perder todo roche, y combinar con precisión matemática lo cómico y ridículo, binomio con bajo margen de error al momento de aplicar esta estrategia infantil. Lo penoso de esta etapa, es que el éxito dura poco.
Es posible que en la secundaria sigas estudiando con las mismas chicas de la primaria, y se prolongue las posibilidades de anclar en una de ellas. Los méritos o deméritos de la primaria jugarán un papel, sino vital, importante, en tus intenciones de cortejarla. Habrá chicas que se muden de otros colegios al tuyo, y superen largamente o en un final de fotografía, la belleza de la compañerita relegada. Es en ese momento, en que hay que empezar de cero, y dedicarse a escribir otra historia.
Si terminas la primaria y en el sétimo grado tus compañeras se matriculan en un colegio sólo de féminas, redoblarás el esfuerzo por no perderle el rastro al cuerito fuera de las aulas. Sería imperdonable no tener el número de teléfono de casa, celular, correo electrónico y no agregarlas al Hi5 o Facebook (en mi época no existía lo último, nos conformábamos con lo primero). En este escenario, tendrás fortuna siempre que te esmeres, y la pereza no te intimide.
Con el tiempo vas ganando experiencia y coleccionando alegrías, golpes, lágrimas, desamores y, sabes qué hacer y qué sortear. Las primeras rupturas son una de las que más duelen. Y es que la ilusión del “primer amor” es como cuando vamos de paseo en un globo aerostático, acariciamos el cielo y compramos algunas nubes para llevar a casa, pero cuando lo pinchan caemos de porrazo con el riesgo de terminar en la unidad de cuidados intensivos.
La guapa del barrio es infaltable. Con ella también te cruzas en tu andar. Pueda que la cercanía y las charlas de banca hagan que te líes con ella. O para mala suerte tuya, que las payasadas de esquina te presenten ante sus ojos como un tarado, y mire hacia otra isla. Ahí si te jodiste.
Los quince o dieciséis son los años en que el aprender a tocar guitarra, te atrae, te seduce la idea de comprarte un arma de alta precisión y apuntar al corazón de la chica de la que te enamoraste. Le disparas, sin miedo a herirla, baladas que nacen de las cuerdas y tu voz. Las fogatas y las noches estrelladas se prestan para empezar a hilar la chompa que cobijará vuestro corazón en la playa donde se vieron por primera vez.
Como que en la academia pre las chance de emparejar tu soledad se acrecientan. Es bueno andar con pies de plomo, porque cualquier error te descalifica en primera ronda. Miras todo el panorama, sin saltarte espacios vacíos, y pillas en medio de ellas, a ella. Los cuatro meses que dura el ciclo en la preparatoria, pueden servir para empezar y terminar al ritmo de las clases, o para alistar el terreno a lo que pueda venir luego. O mejor aún, para los putos, intercambiar experiencias en breve plazo con chicas open maint… (EL PRÓXIMO MIÉRCOLES: PARTE II)
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Las mataperradas de los hombres contadas a lo largo de la historia colonial y republicana, y vividas por las mismas chicas en experiencias pasadas, hacen que con inteligencia tomen sus previsiones, ahora usan blusas con blindaje. Es imposible que no gusten de los chicos, y sueñen con el príncipe azul, pero ahora se detienen a pensarlo, y si es posible, enviar toda declaración amorosa a un laboratorio clínico para analizar la veracidad de las palabras.
Quienes la pasan mal con esta mutación femenina son los chicos que en verdad se enamoran y aspiran galantear a la mujer que pintó flores en sus ojos y su corazón, pero que a la vez le rehúye por temores comprados y regalados. Ellos tienen que luchar contra la imagen de los chicos floreros, de esos que fabrican al por mayor palabras tiernas para canjearlas por un “sí” con el único fin de inflar su estúpido ego masculino y colocar por debajo de la última conquista el nombre de la víctima estrenada. Tienen que convencerlas que no son de los que miran potos cuando se cruza una chica imán, de esas que atraen miradas masculinas; que dejaron de ser los que cruzan fotos de ex enamoradas desnudas, que tienen corazón y no un iceberg en el pecho.
Las rosas que puedan enviar acompañadas de una tarjeta con dedicatoria fresa, o las serenatas con mariachis, son fórmulas que a las chicas, las invitan a la duda. Al toque piensan: “este won quiere levantarme”. Alguna invitación a tomar vino, es entendida como el preámbulo a una noche desenfrenada donde los deseos sexuales los hará perder los papeles, y en algunos casos, algo más que eso.
Confiados en que sus hermanas no los censurarán, existe aún un grupo de chicos que cuenta sin reparo y sin saltarse detalles, las últimas de las aventuras pasajeras con las chicas del colegio, la academia, la universidad o el trabajo. Hay otros muchachones que lucen sus medallas y charlan abiertamente con sus amigas sobre sus últimos agarres. Lo que esos tíos no saben es que su fama puede multiplicarse y hacer que las chicas crean menos en sus palabras, pero lo más jodido, es que terminar de pulir la imagen de gárgola que las mujeres tienen de nosotros los hombres.
Eso que todos los hombres son iguales, entendiéndose por pendejos, es medianamente cierto. Insisto, hay quienes sí se enamoran y no florean, hay quienes aman, y no buscan un affair de fin de semana o de vacaciones de verano.
Debemos entender que la vida no es una máquina expendedora que te arroja una lata de felicidad en forma de cola, luego de ingresarle un par de monedas. No hay porque usar blusas con blindaje, porque por previsión, pueda que ustedes, chicas, espanten al amor de su vida. No está mal andar con pies de plomo, y aunque no es necesario correr como velocista olímpica, valdría la pena ir al ritmo de vuestro corazón, de que seguro no les defraudará.
Vamos chicas, es hora de mandar de vacaciones los temores. No olviden que librarse del miedo es como quitarse la ropa delante de alguien, a veces cuesta, pero cuando empiezas, lo único que tienes que hacer es seguir, sin dudar. Y de repente te das cuenta que el miedo no te pertenece, ha desaparecido, como esa ropa que un día dejaste usar… Suerte
miércoles, 26 de agosto de 2009
Es cierto que a veces es mejor callar y no decir o hacer nada. También es verdad que existen terrenos en los que es mejor no minarlo para poder caminar con libertad. Los psicólogos, y a veces los amigos, nos aconsejan dejar el complejo suicida del talibán, y no inmolarse por ideas románticas.
Quizá porque no soy un puto cangrejo, y no retrocedo en nada de lo que hago, es que en los últimos días una de mis mansas acciones ha sido la excusa perfecta para darme con palo. Definitivamente pude no hacerlo, pero me animé a lanzarme y ser pillado en el intento.
Desde que descubrí a Gianmarco Zignago en los noventa, gusto de su arte, de la forma en que retrata los amores y desamores, en letras de canciones que luego nos regala. Me vacila que no abandone su sencillez y que siga siendo el tío de barrio que no abraza la vanidad. Lo he oído en las radios, lo he visto por la tele, he comprado cassettes y discos suyos, he cantado “Canción de amor”, “Dos Historias”, “Te Mentiría”, “Gota de Lluvia”, “Después de mí”, en fogatas de amigos, y en los últimos tres años, además de comprar “La Madera del Alma” (su primer libro) he ido religiosamente a los conciertos que ofreció en Chiclayo, la ciudad donde vivo. Si tengo que bajar canciones del youtube, él encabeza la lista de mis preferencias musicales.
En la última semana, Gianmarco llegó nuevamente a Chiclayo para ofrecer cinco conciertos. Desde que hicieron la promoción en los medios, sabía que tenía que estar en el teatro Dos de Mayo, donde daría el show. No dudaba en que estaría en una de las butacas del teatro, gritando sus canciones, y emocionándome con las letras hipnotizadoras de las baladas.
Empecé a hacer méritos para ganarme la condena de amigos y compañeros de trabajo, cuando me incorporé al grupo de chicas que compartían conmigo el gusto por Gianmarco. En honor a la verdad, debo aclarar que hace tres años me registré -sin nadie que me apunte un arma a la cabeza- en el portal de fan de Gasparín, y que recibo información suya en mi correo electrónico.
Aprovechando que la enamorada de un buen -y oscuro- amigo es la presidenta del club de fans en Chiclayo, opté por matricularme en este grupo de muchachonas, que decidieron venerar al pelao en su travesía por la Ciudad de la Amistad. Madrugué a las 4:00 de la mañana, para ir al aeropuerto, ya que una hora después, Gianmarco aterrizaba en Chiclayo. El primer contacto con el pelao fue captado por cámaras fotográficas y de video. Esas imágenes fueron compartidas luego con quienes se convertirían en mis implacables verdugos.
Con la sola intención de joder, me etiquetaron de gay (lo cual, para mí, no es ofensivo, porque respeto a los gay). Los críticos no concebían que un hombre sacrifique horas de sueño por ir a recibir a otro hombre, no admitían que haya comprado un polo del club de fans. A las chicas, les perdonaban la ofrenda a Gianmarco, pero a mí, por no ser ella y sí él, me mandaron a la horca, censurándome.
Pero ahí no terminó todo. Para el primer concierto donde iríamos los fans, hicimos una previa, como un calentamiento a la pichanga que nos mandaríamos luego en el teatro. Alistamos vivas a “Gianni” y ensayamos canciones suyas. Ya fuera del teatro, cantamos y avivamos los ánimos del público que formaba la cola para ingresar al show. Ese momento, en el que además portaba el cartel más grande con frases cariñosas a nuestro artista, fue documentado en fotografías, captadas por un puñalero amigo (te quiero negro), quien se tomó la licencia de enviarlas a los correos de quienes ahora me joden.
No me arrepiento de ser fan de Gianmarco, y de haber hecho todas esas medias locuras en los últimos días, pues son una cadena de locuras mayúsculas que voluntariamente hice motivadas por él. Acepto con aplomo las jodas que me hacen ver como un “chico rosa”. Lo que no admito es que limiten la joda sólo a mí, que no la hagan extensiva con quienes han colaborado para que me carguen con bromas pesadas.
Chicho, el enamorado de la presidenta del club de fans, se ha colado con astucia en los conciertos, y ha lucido el mismo polo de fanático que yo, ha saltado y gritado con mayor intensidad a este blogger, y ha sujetado los mismos carteles “fresitas” dirigidos para Gianni, y que incluso ayudó a elaborar. La diferencia es que él se encargó de no repartir las fotos que lo delatan. Así que, no jodas negro.
Caliche es otro buen chico. Estar tras los huesitos de una también fan, hizo que este tío -que se dedicó a bombardearme con fotos- fuese al aeropuerto a pegarla de fotógrafo y colarse a los conciertos del pelao. Él también está con roche.
Vamos, que no quiero limpiar mi imagen, porque no está manchada. Gustar de un artista no es un delito que tenga que pagar. Pero eso sí, equilibremos la balanza de la joda… igualdad papai…
miércoles, 22 de julio de 2009
Había pasado bastante tiempo desde que a mí me sucedió, y la experiencia más cercana era la de mi hermana menor que ahora tiene veinte años. En un segundo -a lo Oliver Atton de los Supercampeones cuando va a disparar el tiro con efecto- recordé que mi mamá con caricias en mi cabeza se limitaba a consolarme cada vez que veía disminuida mi dentadura de niño, mientras mi papá que hacía notar que a diferencia de otras cosas que perdemos, aquellos dientes volverían un tiempo después.
Traté de remedar la receta de mis viejos, que entiendo surtió mediano efecto conmigo. Pero a Manu, poco le importaba si su diente volvería, simplemente no quería despedirse de él. Y no es que le tuviera aprecio a aquel diente en agonía, sino que le aterraba la idea que en el colegio sus compañeros de clase lo jodieran por el extravío involuntario de su muelita.
Las vacaciones forzadas por la gripe AH1N1 aplazarían la joda por una semana más, pero Manu tenía razón: en algún momento, uno de esos niños despiadados advertiría que el flaco perdió el diente, e inventarían una joda quizá más ingeniosa a la antiquísima Cindy (de sin dientes) o cierra la ventana (por la apertura en la dentadura). Era inevitable ser el blanco de las burlas en el aula donde Blanca Nieves o el Oso Pooh, pegados en la pared del salón, podían hacer poco por rescatar a Manu de la avalancha de jodas fabricadas por manos pequeñas.
Es cierto, con Manu tenemos diferencias de ideas, centradas básicamente porque él -con un criterio obtuso e infantil- decidió ser hincha de la U, y yo soy aliancista a morir. Pero en lo que coincidimos es en que nos amamos hasta la eternidad, y quizá, un poquito más allacito. Y por eso, no podía sumarme a la burla, y hacer leña de la muela caída. Tenía que inventar algo y rápido, porque Manu oía mi silencio responderle por el celular.
“Papá, estas ahí”, preguntó Manu, recriminando con delicadeza mi ausencia en la conversación. “Sí, mi amor”, respondí. “Y qué hago con el dolor de muela, no quiero que me la saquen”, dijo, volviendo al ataque de las preguntas. Así que recurrí a la historia del ratoncito, ese personaje cómplice que a cambio de llevarse el diente de tu hijo le ofrece al inocente embaucado, algo de dinero para no alargar el llanto. Lo jodido de este trueque es que es financiado por los padres.
Con Manu aún preocupado por su destino en las próximas horas, me dediqué a explicarle -a través del celu- la negociación que haríamos con el ratoncito, y el aporte que debía hacer, como una suerte de inversión que luego recuperaría con creces.
“Escucha con atención rey: Es cierto que cuando pierdas tu muelita, te dolerá, pero hay una buena noticia”, le dije a un intranquilo Manu. ¿Qué?, preguntó. “Cuando se caiga tu diente, podrás colocarlo bajo tu almohada al momento de ir a dormir, y al despertar al día siguiente, encontrarás algo de plata que un ratoncito te dejará a cambio de tu muelita que se llevó”, le dije a Manu, procurando no obviar ningún detalle sobre el trato con el roedor invisible. “Ok papi”, sentenció Manu.
Al llegar a casa por la noche, Manu me recibió con una sonrisa distinta, a lo Chilindrina, sin el diente que lo acompañó por algunos años. Luciana, mi esposa, me narró cómo Manu huía del dolor, cómo se trepaba por las paredes, hasta cuando cayó rendido y perdió el jodido diente.
Manu, atento a la negociación clandestina que hicimos por teléfono, y a la que sumamos luego a su mamá, me mostró el diente que despediríamos antes de esconderlo bajo la almohada. Tomó su leche, se lavó los dientes que sobrevivieron, y camufló la muelita bajo su almohada, no tan al fondo, como para que el ratoncito la encuentre fácil y pueda dejar el billete.
Con Luciana, por la madrugada, retiramos la muelita mientras el flaco soñaba con vacacionar en el Caribe, y depositamos el dinero como lo habíamos pactado -indirectamente- con Manu. No precisaré cuánto ingresamos a la inaugurada cuenta corriente de nuestro hijo, pero no pecamos de avaros. Sólo espero que este negocio no le resulte rentable a Manu, y no se auto-reviente los dientes para costear sus gastos… Te amo rey.
